Por José Jiménez LozanoEn
Nueva York había una tienda, en estos años pasados o quizás había algunas otras
o muchas más en la que podían comprarse los libros a peso, por libras; y así, lo
que venía siendo cosa de chiste se convertía en una realidad. Y luego era cosa del
cliente el llevarse un libro muy gordo, o varios más delgados o pequeños, como en el
caso de los melocotones o las manzanas. El cliente, en efecto, sabía muy bien para lo que
quería aquel objeto: para sentarse encima, apoyar la pata de una mesa coja, encender el
fogón o hacer cucuruchos; y, según el uso que iba a dar a los libros, así escogía.
¿La degradación total del libro? Pues no lo sé.
En realidad, la idea del libro como
objeto útil, adorno o regalo socialmente apreciado, está ya tan recibida que, si los
libros se degradasen por eso, hace tiempo que ninguno habría quedado sano. Pero los
libros, como las personas, se degradan a sí mismos: nadie puede degradarlos. Podrá
despreciarlos o destruirlos, pero no degradarlos.
Lo terrible de esta historia está
en que si, como decía Heine, cuando se queman los libros es que los hombres les seguirán
en la hoguera, porque el destino de ambos siempre va unido, lo seguro es que ya en alguna
parte del mundo, o quizás en muchas, los hombres también son contados y pesados por
libras o por toneladas. Aun sin percatarnos de ello. |