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Miércoles, 2 de agosto de 2000

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Literatura

Una libra de libros

Por José Jiménez Lozano

En Nueva York había una tienda, en estos años pasados —o quizás había algunas otras o muchas más— en la que podían comprarse los libros a peso, por libras; y así, lo que venía siendo cosa de chiste se convertía en una realidad. Y luego era cosa del cliente el llevarse un libro muy gordo, o varios más delgados o pequeños, como en el caso de los melocotones o las manzanas. El cliente, en efecto, sabía muy bien para lo que quería aquel objeto: para sentarse encima, apoyar la pata de una mesa coja, encender el fogón o hacer cucuruchos; y, según el uso que iba a dar a los libros, así escogía. ¿La degradación total del libro? Pues no lo sé.

En realidad, la idea del libro como objeto útil, adorno o regalo socialmente apreciado, está ya tan recibida que, si los libros se degradasen por eso, hace tiempo que ninguno habría quedado sano. Pero los libros, como las personas, se degradan a sí mismos: nadie puede degradarlos. Podrá despreciarlos o destruirlos, pero no degradarlos.

Lo terrible de esta historia está en que si, como decía Heine, cuando se queman los libros es que los hombres les seguirán en la hoguera, porque el destino de ambos siempre va unido, lo seguro es que ya en alguna parte del mundo, o quizás en muchas, los hombres también son contados y pesados por libras o por toneladas. Aun sin percatarnos de ello.

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