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Martes, 1 de agosto de 2000

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Arte / Claroscuro

Nicolás de Omazur

Por Susana Calvo Capilla

Hacia 1672 Nicolás de Omazur encargó a Bartolomé Murillo un retrato suyo y otro de su mujer, Isabel Malcampo (hoy conocido por una copia de Glasgow). Omazur era un rico mercader de Amberes, coleccionista de pintura y poeta aficionado, que residió una gran parte de su vida en Sevilla. Allí trabó amistad con Murillo, frecuentó sus mismos círculos y adquirió muchos de los cuadros de este gran artista sevillano (figuraban casi cuarenta en el inventario de sus bienes). Prueba de su estrecha relación es que a la muerte del pintor en 1682, el comerciante flamenco mandó hacer un grabado de su Autorretrato para conservar su recuerdo. El retrato de Omazur, como el de su esposa, son de forma ovalada; él tiene una calavera en la mano, ella una rosa, símbolos ambos de la belleza efímera y la muerte.

Esqueletos, calaveras, relojes o flores son los medios que utiliza el arte para ilustrar la fugacidad y la vanidad de las cosas de este mundo, son las llamadas Vanitas. También la literatura exaltaba la vida ascética y la renuncia a los placeres, memento homo, quia pulvis es, et in pulverem reverteris («recordarás hombre, que polvo eres y en polvo te convertirás»). Fue éste un tema muy popular en el siglo xvii en España y fuera de ella, en respuesta a la condena moral de los goces terrenales que hicieron los clérigos de la Contrarreforma. También lo era en los ambientes cultos de Sevilla, donde destaca especialmente la figura de don Miguel de Mañara (muerto en 1679), un pecador arrepentido que decidió consagrar su vida y su fortuna a los pobres, para lo cual fundó el Hospital de la Caridad. Entre los lienzos que decoran la iglesia, obras de Murillo y de Valdés Leal, muchos son alegorías de la muerte y la vanidad. Precisamente en el mismo año que don Nicolás encargó su retrato (1672), Mañara publicó el Discurso de la verdad. En él figura un soneto que resume a la perfección esa concepción de la vida y que pudo influir en el acaudalado Omazur a la hora de elegir el tipo de ‘retrato vanitas’. Dice así:

Vive el rico en cuidados anegado,
Vive el pobre en miserias sumergido,
El monarca en lisonjas embebido,
Y a tristes penas el pastor atado,
En los triunfos el soldado congojado.
Vive el letrado a lo civil unido,
El sabio en providencias oprimido,
Vive el necio sin uso a lo criado,
El religioso vive con prisiones,
En el trabajo boga oficial fuerte,
Y de todos la muerte es acogida.
¿Y qué es morir? —dejarnos las pasiones.
¡Luego, el vivir es una amarga muerte!
¡Luego el morir es una dulce vida!

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