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Lunes, 19 de abril de 1999

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Literatura

La España negra de Solana

Por José Jiménez Lozano

Hace unas semanas han salido a la luz las Obras completas de Gutiérrez Solana, y se nos ha advertido que sin las amputaciones de otras Obras Completas anteriores, que hubieron de pasar por la censura de entonces. Y la verdad es que no acierto a imaginar qué negruras más negras podrá haber en aquellas páginas, qué chafarrinones más hirientes, pero me he precipitado a comprobarlo; tiempo habrá, si la curiosidad me acuciase.

Solana no es que pintase la España negra, atroz, pobre, miserable en todos los sentidos, es que tiñe de negro lo negro y le añade unos chorretones funerarios o sanguinolentos, y además parece hacerlo con no escaso deleite. Mira los paisajes, las estancias, las cosas y, desde luego, a los seres humanos con un despego y un desprecio fundamentales: los del antiguo sentimiento barroco, fascinado por lo grotesco y lo mortuorio. Una irrisoria calavera asoma siempre al fondo de sus historias, en las que las gentes, siempre de obtusa inteligencia y sentimientos atravesados, ariscos como el esparto y el cardo, muestran la oquedad o suciedad de su alma, si es que la tienen, arrastrada por mundos enteros de desechos.

No sé si todo eso es a lo que se llama realismo absoluto, o tremendismo, y tampoco me importa mucho. Para definir lo que es un escritor, decía Hemingway que es alguien provisto de un detector de basura. Discutible, pero ¿quién sería un escritor, en todo caso, para borrar todo rastro de misericordia sobre los rostros y las historias de los hombres? ¿Acaso se sugiere ahí que esas historias y sus protagonistas son materia desechable?

Es solamente una pregunta, pero no puedo deshacerme de ella.

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