Por José Jiménez Lozano
Hace unas semanas han salido a la
luz las Obras completas de Gutiérrez Solana, y se nos ha advertido que sin las
amputaciones de otras Obras Completas anteriores, que hubieron de pasar por la
censura de entonces. Y la verdad es que no acierto a imaginar qué negruras más negras
podrá haber en aquellas páginas, qué chafarrinones más hirientes, pero me he
precipitado a comprobarlo; tiempo habrá, si la curiosidad me acuciase.
Solana no es que pintase la
España negra, atroz, pobre, miserable en todos los sentidos, es que tiñe de negro lo
negro y le añade unos chorretones funerarios o sanguinolentos, y además parece hacerlo
con no escaso deleite. Mira los paisajes, las estancias, las cosas y, desde luego, a los
seres humanos con un despego y un desprecio fundamentales: los del antiguo sentimiento
barroco, fascinado por lo grotesco y lo mortuorio. Una irrisoria calavera asoma siempre al
fondo de sus historias, en las que las gentes, siempre de obtusa inteligencia y
sentimientos atravesados, ariscos como el esparto y el cardo, muestran la oquedad o
suciedad de su alma, si es que la tienen, arrastrada por mundos enteros de desechos.
No sé si todo eso es a lo que se
llama realismo absoluto, o tremendismo, y tampoco me importa mucho. Para definir lo que es
un escritor, decía Hemingway que es alguien provisto de un detector de basura.
Discutible, pero ¿quién sería un escritor, en todo caso, para borrar todo rastro de
misericordia sobre los rostros y las historias de los hombres? ¿Acaso se sugiere ahí que
esas historias y sus protagonistas son materia desechable?
Es solamente una pregunta, pero
no puedo deshacerme de ella. |