Lengua
Por Ramón Buenaventura
Los señoritos del idioma —lingüistas, escritores finos, aficionados con tendencia al éxtasis— solemos encocorarnos mucho con la gente (pobre gente, la gente, que exclamaba Verlaine) cuando comete errores gramaticales o morfológicos. He de confesar, incluso, que estas «propuestas desvergonzadas» están escritas a contracorazón, con saña aplicada a mis verdaderos sentimientos, con privilegios concedidos, de mala gana, al sentido común. Yo soy un artista, oiga (no he afirmado «un buen artista», ojo; no se me tache de arrogancia), y los artistas propendemos al adorno y el placer estético. Si de mí dependiera, yo escribiría philósopho, ekonomía (por el aquel de distinguir la kappa griega, de la c latina ante vocal fuerte) y, con alguna vacilación, porque no sé muy bien por qué transliteración de la c griega optar, ornithorrhyncho (pronunciado ornitorrinco, claro). Eso sí que sería bonito y sí que nos haría disfrutar a los listillos, permitiéndonos vivir en estado de permanente enmienda a los plebeyos. Pero no puede ser, y además es imposible.