Lengua / Enciclopedia de bolsillo de las lenguas imaginarias
Por Manuel Pintado
¿Fue Túbal quien trajo la primera lengua a la Península Ibérica? A principios del siglo xvii, el Padre Juan de Mariana advirtió de que era un engaño, y recientemente Julio Caro Baroja supo reconstruir con minuciosidad la trama. Por eso, el relato de esta lengua imaginaria no comenzará en el momento en que Noé abandonó el arca, sino en la Italia del siglo xv.
Vivía allí por entonces el honorable fraile dominico Giovanni Nanni, que se desdobló en el falsario Annio de Viterbo para publicar y comentar cinco libros que atribuyó a un personaje real, el sacerdote caldeo Beroso (siglos iv-iii a. C.). En opinión de algunos, fray Giovanni estaba loco, pero en Roma gozó de prestigio y gran reputación. Tuvo la confianza de los papas Sixto IV y Alejandro VI, y el honor de morir envenenado por César Borgia.
El seudo Beroso de Annio de Viterbo había reparado en el pasaje bíblico (Génesis, X, 2) en el que se menciona a Túbal entre los nietos de Noé. A partir de él, prendió fuego a su imaginación y construyó una historia primitiva de la Península Ibérica que concordaba con grandes sucesos relatados por las tradiciones hebrea, babilónico-caldea, egipcia y grecolatina.
Según el falso Beroso, Túbal huyó a la península tras la dispersión que siguió al fracaso de Babel, lo que ocurrió exactamente 131 años después del diluvio universal, y se convirtió en el primer rey de España. De esta manera, se creó con él una sola monarquía en todo el territorio desde el principio de los tiempos —la dedicatoria de la obra a los Reyes Católicos no era inocente. Túbal reinó 155 años, y lo sucedió su hijo Ibero, del que descendieron los iberos, y así hasta 22 reyes más—. Entre ellos, alguno de nombre tan sospechoso como Hispalo, Hispano o Luso.
El enredo de Annio de Viterbo alentó otros muchos delirios —y crueles desengaños: un seguidor suyo italiano murió de pesadumbre al sentirse burlado—. Túbal, que fue arrastrado por las aguas de un río misterioso hasta llegar al puerto coruñés de Bares, trajo consigo una de las lenguas de Babel, fundó la ciudad de Noega en recuerdo de su abuelo, inventó la gaita y se transfiguró en el llamado ídolo de Peña Tu, un promontorio rocoso situado cerca de las costas asturianas de Llanes.
No hubo mayores precisiones sobre aquella primera lengua babélica, pero los topónimos dieron mucho de sí: Tudela, Tafalla, Setúbal e incluso el mismo nombre de Peña Tu eran derivados de Túbal. Tampoco faltaron los anacronismos desmesurados: el lauburu o esvástica vasca, aunque llevada a la península por el primero de sus pobladores, se convirtió en representación de la Cruz de Cristo. No en vano para algunos —como el propio Humboldt— la lengua de Túbal fue el vascuence.
Sin embargo, Annio de Viterbo no se lo había inventado todo. Estrabón (Geografía, III, 4, 20), Pomponio Mela (Chorographia, III, 13) y Plinio (Historia natural, IV, 111) mencionan en el siglo i la ciudad de Noega, por entonces un oppidum probablemente situado entre las actuales Gijón y Avilés. Y, sobre todo, su contemporáneo Flavio Josefo (Antigüedades judías, I, 2) dio comienzo a la larga tradición de identificar a Túbal con los iberos, algo que repetirían posteriormente Eusebio de Cesarea, San Jerónimo, San Isidoro o la misma Crónica General de Alfonso X.
El sensato P. Mariana (Historia general de España, I, 1, 5 y 7) quiso terminar en 1601 con lo que llamó «farsa de entremés». Admitió que Túbal había sido el primer hombre en llegar a la Península Ibérica, pero se rió del falso Beroso y de todos aquellos que se inventaban «fundaciones de ciudades mal concertadas, progenies de reyes nunca oídas, nombres mal forjados, con otros monstruos sin número de este género, tomados de las consejas de las viejas o de las hablillas del vulgo».
Fray Giovanni Nanni sintió pasión toda su vida por la historia remota y el fraude, así que falsificó muchas cosas más. Para su ciudad natal, Viterbo, preparó una losa con la que demostró que había sido fundada por Isis y Osiris dos mil años antes del nacimiento de Rómulo. Muchos convecinos se lo creyeron hasta bien avanzado el siglo xix.