Literatura
Por José Jiménez Lozano
En las antiguas posadas españolas había un letrero de advertencia a quien se acercaba a ellas: «El viajero encontrará aquí lo que traiga». En otras, la oferta de servicios era mucho más amplia, y se añadía: «Hay paja», y se sobrentendía que para el pienso de los animales, pero también para hacer una cama y acostarse. Lo que no era poco, dada la gama de servicios de la hostelería de la época, excepto en los grandes mesones y posadas como aquel en que servía «La Constancica», en La ilustre fregona de Cervantes.
Los romanos, que graduaban la categoría de los establecimientos de esta clase poniendo uno, dos o tres cipreses a la puerta, quizás no hubieran puesto ninguno en la clase de posadas de que hablo, y seguramente también esos establecimientos quedarían categorizados con una simple rama de pino colgada en una ventana o en la pared, para indicar en todo caso que bebida sí había. Pero esas posadas no resultaban tan despreciables como pudiera parecer.
Uno de los viajeros por España que mejor llegaron a conocer ésta, el colportor de biblias Jorge Borrow, creo que hasta pondría a la puerta de esas posadas uno o dos cipreses, o una o dos estrellas, como se hace hoy, porque él durmió muchas veces al raso y el encontrar un techo bajo el que comer lo que llevaba y un poco de paja para cama debía de parecerle un buen «confort». Y el caso es que otros viajeros, que viajaron mucho más cómodamente que él, no se enteraron de la mitad siquiera de las cosas de las que él se enteró, y no las comprendieron tan a derechas. Lo que no quiere decir nada, sin embargo, acerca de la relación entre la comodidad o incomodidad del viajero y su perspicacia, y la hostilidad de informaciones, claro está.
El aviso, no obstante, de que «el viajero encontrará aquí lo que traiga» sigue siendo oportuno para la gran posada que es España. Se traiga lo que se traiga a ella, así fueran los más destartalados prejuicios, aquí los doramos y les damos esplendor. Aunque eso no conste en las guías de turismo.