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Viernes, 3 de abril de 1998

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Lengua / Enciclopedia de bolsillo de las lenguas imaginarias

La lengua de los animales

Por Manuel Pintado

Los animales siempre han hablado en la literatura popular, en la literatura fantástica, en la literatura moralizante y en la literatura infantil —tal vez todas ellas sean la misma. Lo han hecho en las fábulas de Esopo, en las Mil y una noches, en Calila e Dimna,en el Conde Lucanor,en los cuentos de Jakob y Wilhelm Grimm.

También han hablado con cualquiera de nosotros. El Premio Nobel de Medicina Konrad Lorenz se entendía perfectamente con los patos que prohijaba, mi amigo Domingo del Pino departe habitualmente con sus tortugas y yo he mantenido largas conversaciones con mis perros.

Otra cosa es que los animales se ejerciten en las llamadas lenguas naturales. Cervantes no las tenía todas consigo. Cipión y Berganza consideran en El coloquio de los perros que lo que siempre se ha alabado de ellos es la «mucha memoria, el agradecimiento y gran fidelidad», pero no el hablar. Así que si de repente lo pueden hacer es gracias a un portento, y la experiencia tiene averiguado que cuando ese prodigio aparece «alguna calamidad grande amenaza a las gentes».

No todos, sin embargo, han sido tan recelosos. Cuenta Claudio Eliano (Historia de los animales, XI, 25) que a Ptolomeo II le regalaron una cría de elefante que aprendió a hablar en griego. Fue sin duda algo sorprendente: hasta entonces se había creído que la única lengua que entendían los paquidermos era la de la India.

Al redactar ese pasaje de su obra, Claudio Eliano había olvidado sin duda un libro tan escrutado por él como la Historia natural de Plinio. El autor del primer diccionario de la lengua castellana o española, Sebastián de Covarrubias, dice en su Tesoro que los elefantes «vienen a percibir la lengua de los que los crían», y pone precisamente a Plinio por testigo. Algo similar ocurre con la escritura. El mismo Eliano (II, 11) vio cómo otro elefante escribía latín con su trompa sin salirse de las líneas de la tablilla.

Pero la capacidad de reproducir la voz humana la tiene especialmente el cuervo, porque de todas las aves es la que emite mayor variedad de graznidos con mayor diversidad de tonos: «su voz, cuando bromea, es de un tipo determinado, y, cuando actúa en serio, es distinta» (Eliano, II, 51). Y no sólo remeda la dicción de los hombres: si interpreta los designios de los dioses, emite un tono sagrado y profético.

Otra ave, que Clitarco llamó orión y que nadie más ha parecido ver, era tremendamente enamoradiza. No era para menos: ojos azul oscuro, patas rojizas y tamaño semejante al de las garzas reales. De la naturaleza aprendió a «musitar una cantilena comparable a las canciones de boda en dulzura y en su capacidad de despertar hechizos de amor».

La ciencia moderna —la lingüística, la zoología, la antropología, la medicina, la fisiología— parece haberse olvidado de las lenguas de los animales e interesarse exclusivamente por los lenguajes. El de las abejas o los primates, por ejemplo. Se habla de movimientos y posturas, de sonidos, de feromonas e incluso de las descargas eléctricas que emiten. También de que la incomunicación entre los animales y las personas y de los animales entre sí se debe a las peculiaridades genéticas de las diferentes especies. Nada nuevo. Los toradja de habla bare'e, de las Célebes centrales —es sir James George Frazer quien lo ha contado—, consideraban que los animales no se diferencian de las personas más que por su apariencia externa. Si el animal no puede hablar es porque su pico u hocico son diferentes de la boca del hombre, pero la naturaleza interna es la misma.

Queda otra razón: la conducta social de las diferentes especies. Pero sobre esa frivolidad algo sabemos los seres humanos.

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