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Miércoles, 24 de abril de 2013

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CULTURA Y TRADICIONES

Manuales para todo de Luis de Bizkaya

Por Andrés Carrobles

El catálogo de la BNE recoge trece obras suyas; de ellas, todas salvo dos —una adaptación literaria, Cien cuentos de Boccaccio, y un texto histórico llamado Los sembradores del bien: España con el directorio— están digitalizadas. El Quijote y Sancho de antaño y los Quijotes y Panzas de ogaño, publicada en Madrid en 1915, no es más que un Quijote comprimido: una especie de resumen de cuarenta y ocho capítulos y apenas cien páginas construido íntegramente, sin prólogo ni notas que valgan, con palabras de Cervantes. Podríamos decir que es una adaptación, pero no lo es: el lenguaje es el mismo de Cervantes. Podríamos decir que es un centón, pero no lo es: el mensaje es el mismo de Cervantes. Podríamos decir que es un subconjunto, un Quijote ligero, un lo mejor de, especialmente indicado para quienes tienen prisa; tal vez para los niños y los estudiantes. Hasta donde he podido comprobar, la única intervención en el texto, además de la labor de poda, por parte de Bizkaya —que al igual que en el Boccaccio firma aquí con su nombre, «don Luis Larrañaga»— es el añadido de nuevos, más breves y clarificadores, «comerciales» títulos en los capítulos («Preparativos de don Quijote», «La aventura con el labrador» y, más adelante, «La lascivia de Maritornes», «El bálsamo de Fierabrás» o «Sancho, manteado»). Alguna vez liga dos frases, introduce un sujeto que faltaba, pone puntos suspensivos, pero nada más. ¿A qué se debe entonces el título de la obra? No se sabe.

Pero lo mejor de Larrañaga aparece cuando firma como Luis de Bizkaya. Aparte de lo que ya he citado, todo lo demás son manuales, y manuales de todo tipo, bien variados: de albañilería y construcción, hojalatería y vidriería; de fabricación de aceites; de pintura y tintorería; de quesos y mantecas, conservas, embutidos y turrones; de apicultura y fabricación de almidón y abonos químicos; de mecánica, electricidad y cerrajería; de panadería, confitería y repostería; de vinos y vinagres, aguardientes y licores; del carpintero, del ebanista y del maderero. Me ahorro los subtítulos, casi siempre larguísimos, expresivos, apabullantes. Solo dos de ellos están fechados, en 1917, y sin indicación del editor; los demás se publican en Madrid (la mayoría por Aleu) y a veces contienen alusiones cronológicas que permiten situarlos en esa década aproximadamente.

Como en el caso de «su» Quijote, Bizkaya sabe armar manuales entretenidos, con capítulos muy breves, llenos de datos destinados a quien quiera convertirse en profesional del ramo, pero también leves pinceladas para cuantos deseen simplemente aprender curiosidades: mientras diserta sobre las propiedades de los colores vitrificables, se detiene y alude a aquellos que se emplean para la loza ordinaria, o nos explica cuáles son más tóxicos, y nos instruye acerca de su significado simbólico en la antigüedad. Define con detalle todos los tipos de levadura y la composición de la harina; nos llena una página de fórmulas y cantidades, pero en la siguiente deja hueco para los trucos de los panaderos ingleses, franceses y alemanes; y nos dice que en Bruselas hay hornos donde el pan se cuece sin descanso noche y día; y con él aprendemos a hacer tocino de cielo, mazapanes, jaleas, compotas y bizcochos, como los de Reims y como los borrachos de Guadalajara. Lo mismo anota leyes químicas o copia tablas de densidades que nos enseña a hacer aguardientes, sin olvidarse de contarnos que los antiguos los consideraban un invento del diablo.

Pero creo que, de entre todos los manuales de Bizkaya, el más interesante es el de los juegos. Más heterogénea y más práctica que ninguna obra de su especie (de esto último presume el autor al comienzo del libro), se abre con enigmas y adivinanzas para todos los públicos, seguidos de juegos infantiles con los dedos, desde el «sana, sana, / c… de rana» (los candorosos puntos suspensivos son del autor) hasta el del pícaro gordo que se lo comió; cánticos infantiles para jugar o para hacer rabiar a otros niños; trabalenguas; juegos para disfrutar al aire libre en compañía u ocupaciones más o menos solitarias como la de hacer pompas de jabón, construir cartones de lotería o decorar árboles de Navidad. O juegos científicos con los que hacer salir fuego de un huevo, producir nevadas artificiales, imitar relámpagos o fundir metales.

Hay juegos de magia para adivinar cartas o freír tortillas en un sombrero, y enseguida hay juegos de sociedad, donde lo mismo caben el ajedrez, las damas y los naipes que el billar, el golf, las prendas, los juegos florales, los juegos olímpicos (¡!), el juego de sentarse frente a otro y el primero que se ría pierde, o el «foot-ball», que en la versión de Bizkaya tiene quince jugadores y admite una variante con las manos y los pies. Y más acertijos, cuadrados mágicos, métodos de adivinación de las gitanas italianas y, por fin, unos «Dichos populares prácticos», o sea, refranes, la mayoría sin desperdicio, para finalizar con un legendario tratado del sueño: «Una hora duerme el gallo, / dos el caballo, / tres el santo, / cuatro el que no lo es tanto, / cinco el peregrino, / seis el teatino, / siete el caminante, / ocho el estudiante, / nueve el caballero, / diez el majadero, / once el muchacho, / doce el borracho».

Son manuales de todo, para todo y para todos, escritos con voracidad renacentista, como queriendo abarcar cuanto cabe en el Quijote para después devolvérselo entero y recortado, selecto, a sus lectores.

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