Centro Virtual Cervantes

Rinconete > Patrimonio histórico
Martes, 16 de abril de 2013

Rinconete

Buscar en Rinconete

PATRIMONIO HISTÓRICO

Románico romántico (42). Paleopatología y apoyo mutuo

Por José Miguel Lorenzo Arribas

La última entrega de esta serie acababa con una referencia a la bondad de la paleopatología como ciencia que establece interacciones entre la enfermedad y los procesos culturales, a la hora de alumbrar el conocimiento de las sociedades del pasado. La medieval, concretamente, que es la que nos interesa en esta página virtual. Cuenta el especialista Jesús Herrerín, en la Memoria de la excavación de la necrópolis situada al norte de la iglesia parroquial de Nuestra Señora del Castillo en Calatañazor (Soria) —de la que extraje datos en el anterior rinconete—, en el año 2001, que se encontró en dicha necrópolis el cráneo de un individuo joven —unos veintiún años tenía cuando falleció— totalmente deformado. Tras examinarlo, se le dio un diagnóstico posible de displasia criptogénica o de origen desconocido. Esta enfermedad rara, de la que todavía hoy se ignora casi todo, salvo que tiende a afectar a gente joven, suele provocar dolorosas «fracturas de estrés» en los huesos que en caso extremo derivan en una fractura patológica, deformaciones y tumefacción de tejidos. En este caso, el padecimiento de este sujeto hubo de ser intenso, y durante varios años antes de su muerte habría estado incapacitado para trabajar, y seguramente hasta para moverse.

No fue exhumado todo el esqueleto, porque coincidió que lo dividía el perfil de la excavación. Me explico: toda intervención arqueológica precisa de un permiso administrativo en que se acuerda la ubicación y extensión precisa para excavar, por lo general de trazado geométrico. Al terminarse, el perímetro de la excavación genera un perfil, es decir, el límite en que aparece seccionada la potencia del yacimiento, de forma que es fácil reconocer cierta estratigrafía en dicha sección o perfil. En el caso que nos ocupa, por tanto, el límite de lo autorizado coincidió con un cuerpo. La cabeza quedaba prácticamente «colgando» hacia la zona excavada, por lo que se extrajo, y el resto del cuerpo quedó en la zona para la que no se había pedido permiso, por lo que se dejó in situ.

De las malformaciones del cráneo se podía intuir que ese sujeto no pudo realizar labores físicamente exigentes, dada su rara dolencia, y permitían sospechar que se pasó bastantes años postrado en cama antes de morir. En otras palabras, la terrible enfermedad provocó que hubiera de ser cuidado y mantenido durante toda su vida, o gran parte de ella, sin aportar trabajo a la economía familiar. Los esqueletos exhumados en esta necrópolis, como en la mayor parte de las medievales, poseen, por el contrario, huellas de un trabajo físico acusado, las que frecuentemente deja la artrosis. Son las marcas esqueléticas de estrés ocupacional. Normal, ya que el modo de vida de esas gentes implicaba acarreos de grandes pesos (por ejemplo, agua, ropa para lavar, leña…), y la cosa se complicaba cuando la orografía de ciertos lugares tampoco ayudaba a la hora de facilitar una vida muelle: Calatañazor, como sugiere el étimo árabe (qalat-), es un pueblo en cuesta. Un clima con inviernos muy fríos, finalmente, añade la guinda que faltaba a la ensalada de factores de riesgo para padecer problemas de huesos. También es el caso.

Una vida no productiva, dependiente, más cuando se está en edad joven, precisa de una cierta organización social importante para ser mantenida. Desde luego, en el proceso de crianza («para criar un niño es necesaria la tribu entera», dicen que dice una sentencia africana), por supuesto en la senectud, pero también en los acaeceres de la vida joven o adulta cuando por accidente, enfermedad puntual, proceso degenerativo o lo que fuere, queda alguien fuera de juego. La Edad Media conoció una floración de instituciones asistenciales que mostraban esa organización compleja que antes sugeríamos (albergues, hospitales, cofradías) dedicadas a los cuidados. No parece que fuera este el caso en el bello pueblo soriano, a pesar de ser capital de comunidad de villa y tierra, pero la paleopatología demuestra que no se dejó a esa persona al albur de su triste suerte.

El interés por mantener durante un cierto número de años una vida no productiva nos debe hacer pensar hoy en día, cuando asistimos al desmantelamiento de conquistas que siempre hemos creído que arrancaban de la contemporaneidad. Una vuelta atrás, a la época medieval, por ejemplo, nos puede enseñar mucho. De hecho, no hace falta remontarse tanto, y bastará con escuchar testimonios de la vida rural, donde los cuidados se regalaban sin mayores contraprestaciones que el «hoy por ti, mañana por mí». Lejos de vagarosos retornos adánicos o reivindicaciones de quiméricas arcadias, lo que sí es cierto es que lo que se nos ha presentado tan oscuro y lóbrego aparece frecuentemente con ráfagas luminosas que desdicen tales penumbras. Y quizá son algo más que ráfagas, quizá es que la concepción romántica sobre la Edad Media ha producido un agujero negro en nuestro imaginario que impide que la luz allí almacenada salga y proyecte, como ocurre con la del agujero oscuro en relación con el resto del universo, según dice la astrofísica. Lo que parece claro es que cuando nos preguntamos por la Edad Media lo hacemos siempre desde el presente, hic et nunc, ya sea interrogando a los astros del cielo o a los huesos subterráneos.

Ver todos los artículos de «Románico romántico»

Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes, . Reservados todos los derechos. cvc@cervantes.es