LENGUA
Por Pedro Álvarez de Miranda
En la primera de sus lecciones sobre El hombre y la gente, la titulada «Ensimismamiento y alteración» (1939), escribió Ortega que el verbo ensimismarse es «un espléndido vocablo, que solo existe en nuestro idioma». Se trata, desde luego, de un verbo extremadamente original, prácticamente el único de uso común con que la Nueva gramática de la lengua española de la Academia (8.1f) puede ejemplificar los «formados a partir de grupos sintácticos» (próximos, por lo demás, a los que se basan en locuciones, como el también insólito pordiosear). Acaso merezca la pena, en vista de ello, que nos paremos un momento a preguntarnos desde cuándo dispone la lengua española de semejante joya, y de paso a caracterizarla con algún otro pormenor.
El diccionario de la propia Academia no recogió el vocablo hasta 1869, definiéndolo entonces con el sinónimo «abstraerse». Pero ya más de veinte años antes el benemérito Domínguez lo había consignado en su Diccionario nacional (1846-1847), definiéndolo como «abismarse en sí mismo; pensar consigo de sí mismo, haciendo abstracción de todos los objetos que lo rodean».
¿Podemos saber quién «se inventó» la palabra? No, desgraciadamente no podemos saberlo en este caso. La inventaría —digámoslo un poco orteguianamente— la gente, los hablantes. Claro que alguien hubo de ser el primero, con conciencia o sin ella de la novedad, pero la localización de ese alguien se nos hace imposible. En vista de lo cual, habremos de adscribir muy provisionalmente tal mérito al autor del texto —la palabra hablada, ay, las palabras dichas, se las lleva el viento— en que por primera vez la hallemos.
Esa circunstancia concurre en un olvidado monje cisterciense, el padre Juan de Sada, que en las décadas finales del siglo xviii traduce diversas obras relacionadas con su orden. En una de ellas, La regla de San Benito explicada según su verdadero espíritu (1792), traducción de La règle de Saint Benoist, nouvellement traduite & expliquée selon son véritable esprit (1689), de Armand-Jean Le Bouthillier de Rancé, leemos lo siguiente:
Los defectos insinuados en este capítulo son muchas veces más comunes en los adelantados en virtud que en los demás, ya porque estando muy recogidos y ensimismados son menos aptos para ocuparse en cosas exteriores o ya porque Dios lo permite así.
Donde nuestro monje escribe «estando muy recogidos y ensimismados» el original francés lee «étant plus intérieurs & plus au dedans d’eux mêmes», lo que nos da una idea de la extraordinaria utilidad del neologismo, suplidor de toda una perífrasis (au dedans d’eux mêmes).
En la década final del siglo xviii podemos hallar otros tres ejemplos de empleo del participio ensimismado. Uno de ellos en otra traducción, la que cierto D. F. D. O. (don Felipe David y Otero, según Montesinos) hace de la novela Carolina de Lichtfield (1796) de Isabelle de Bottens, baronesa de Montolieu: se nos habla de un hombre «muy pagado de su mérito y ensimismado, y sin querer, como Narciso, a nadie más que a sí propio en este universo mundo» (en cursiva en el texto). Luego comentaremos el significado que ahí tiene la palabra.
El segundo nos lo depara la Oración fúnebre de don Pedro Vicente Jordán de Urríes y Pignatelli, marqués de Ayerbe y de Rubí, pronunciada en 1799 por el padre escolapio Camilo de Santa Teresa: «ia había tiempo que, viéndolo su Esposa algunos ratos taciturno i como ensimismado, i preguntándole en qué pensaba, solía responderle: Pienso en que me he de morir».
El tercero, en fin, lo hallamos, con la variante ensimesmado, en una comedia de José Mor de Fuentes, El calavera (1800):
Hay amantes en el mundo
Que tienen huero el celebro,
Pues creen que al ausentarse
Sus damas se están muriendo
De pesar, y ensimesmados
Van de continuo diciendo:
«¡Quál estará la infelice
Al verse de mí tan lejos!».
El goteo de textos continúa, a ritmo lento, en las tres primeras décadas del xix. El propio Mor de Fuentes emplea ensimesmado tres veces en la tercera edición de su novela La Serafina (1807), en una de ellas como participio («suele estar ensimesmado»), en las otras dos ya como adjetivo (‘propio de la persona ensimismada’): «humor ensimesmado», «despego ensimesmado y soñoliento». En el número del 26 de noviembre de 1813 del periódico Atalaya de la Mancha en Madrid leemos: «tengo entendido que está vd. recogido a hacer egercicios espirituales […], y pudiera suceder que, ensimismado en sus mentalidades, no quisiese distraer el pensamiento a objetos tan distantes». Una letrilla publicada en El Zurriago en 1821 se burla de «los moderados, / ensimismados / en su aflicción». Y desde bando opuesto, El Restaurador habla el 15 de agosto de 1823 —destacando todavía la palabra mediante cursiva— de «constituciones de pueblos ensimismados». Son todos ellos, como se ve, ejemplos del uso participial. Al poco se documenta el verbo pleno, en construcción, como era previsible, pronominal: «Para ser todo suyo, [el hombre] se ensimisma y se abstrae de todas las impresiones físicas, se abandona enteramente a las inspiraciones de su conciencia» (Fisiología de las pasiones, o Teoría de los sentimientos morales, por J.-L. Alibert, traducida del francés al español por C. A., 1826). En fin, a partir de la década siguiente, la de los años treinta del siglo, el uso de nuestra voz —con predominio, desde luego, del participio— se hace general. Y es también entonces cuando aparece el sustantivo ensimismamiento: «todo su ensimismamiento, toda su tristeza se volvió a apoderar de ella» (traducción, anónima, de Las memorias del diablo, de Federico Soulié, 1838).
Ya hemos dicho, y no nos cansaremos de repetirlo, que fijar con plena exactitud en el tiempo el nacimiento de una palabra es tarea ardua. Pero ¿y en el espacio? Además del cuándo puede importar el dónde, y en este caso hay indicios —los exponemos con toda cautela— que apuntan a una coloración aragonesa en nuestra voz. En efecto, aquel religioso cisterciense que nos deparó el primer texto, el P. Juan de Sada, lo era del Monasterio de Santa María de Piedra; el que predicó en las honras fúnebres del marqués de Ayerbe profesaba en el colegio de las Escuelas Pías de Zaragoza; Mor de Fuentes, como se sabe, había nacido en la localidad oscense de Monzón. ¿Mera casualidad? Recuérdese que Mor empleaba la palabra con -e-, ensimesmado. Pues bien, el Diccionario de voces aragonesas de Borao recogía en 1859, cuando aún la Academia no traía la palabra, «ensimesmado, ensimismado: n. El que está distraído, metido en sí mismo y absolutamente extraño a lo que pasa en torno suyo». (Aún hay que agregar que el mismo Mor de Fuentes brinda ejemplos de un raro uso de ensimesmar, transitivo, con el valor de ‘adueñarse, apoderarse de algo’: «la nueva asamblea debía ensimesmar todas las potestades», por ejemplo, en su traducción de la Historia de la revolución de Francia de Thiers, 1836). En cualquier caso, ensimismarse, ensimismado, se extenderían con rapidez por todo el país, como lo reflejan los otros textos tempranos que hemos citado, el hecho de que quienes usan la palabra desde los años treinta en adelante sean autores no aragoneses como Larra, Espronceda, Campoamor, etc., y el de que fuera Domínguez —gallego, por más señas— el lexicógrafo que más madrugadoramente se fijara en ella.
Por otra parte, en la primera edición de las Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano (1867-1872) señaló Rufino José Cuervo que ensimismarse, «verbo de reciente data en la lengua», «vale abstraerse, recogerse», pero que «acá [es decir, en Colombia] lo tomamos por engreírse, envanecerse». Y en la sexta edición (1907) de ese admirable libro tantas veces revisado se explayó más: «Más bien que bifurcación parece haber coincidencia de dos formaciones diferentes en el verbo reciente ensimismarse, que para los españoles es entrar en sí mismo, recogerse, abstraerse, y también para ellos y para nosotros gozarse en sí mismo, envanecerse, engreírse». En efecto, en Colombia y otros países de América ensimismarse es ‘engreírse, envanecerse’, pero nos cuesta asentir a esa suerte de poligénesis espacial que parece sugerir el gran filólogo, toda vez que el segundo significado, como él mismo reconoce —«también para ellos», dice— se da igualmente en España, y sí es fácil que proceda, por «bifurcación», del otro. Reléase el texto de 1796 de Carolina de Lichtfield, en traducción de ese ignoto Felipe David y Otero al que cabe suponer español, y se advertirá que ensimismado es en él ‘pagado de sí mismo, narcisista’. A lo que cabe añadir este otro temprano pasaje (1825) del manchego Félix Mejía:
Los pobres muchachos quedan tan embriagados de su hidalguía, tan pagados de su alcurnia y tan ensimismados, que combirtiéndose desde aquel momento en idólatras de su nobleza heredada se crehen superiores a todos los demás hombres, y los miran con desdén y con menosprecio. (Carta de Benigno Morales a Félix Megía, publicada en Filadelfia en 1825; el texto pertenece a una de las notas que el propio Mejía puso a esta epístola en verso del héroe liberal).
En nuestros días, los infatigables Cristóbal Corrales y Dolores Corbella señalan, en su Tesoro léxico canario-americano, un uso en el archipiélago de ensimismarse ‘envanecerse o engreírse’ que, según dicen, es «escaso», y seguramente «reflejo del americano». Este, según sus fuentes, se daría en Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador, Guatemala, Honduras y Perú. Apuntemos que el diccionario académico se hizo eco de la acepción en 1925, localizándola en Colombia y Chile, pero en 2001 ha suprimido la mención del segundo de esos países y ha agregado en cambio la de Bolivia y Honduras.
La palabra que nos ocupa se presta a un curioso rizamiento del rizo. En un artículo de 1924 escribió Unamuno: «No vayamos a caer en lo de aquel pobre bobo que conjugaba “me enmimismo, te entimismas, se ensimisma…”». Y es que, en efecto, más de una vez se ha suscitado la cuestión un tanto chinchorrera —por no decir repipi— de si ensimismarse no habría de padecer, en virtud de sus componentes, una suerte de defectividad que vedara su uso para la primera y segunda personas gramaticales. No es así, desde luego: existen, con toda legitimidad, estoy ensimismado, te ensimismas, etc. Es natural que los elementos que integran el verbo queden, una vez que existe, como petrificados dentro de él. Ahora bien, la posibilidad de jugar a descomponer nuestra palabra y recomponerla con adaptación al yo y al tú no ha dejado de ejercer su atractivo sobre unos cuantos escritores, entre ellos el propio Unamuno —siempre con sus contradicciones a cuestas…—, quien en el Diario íntimo (1897) se había referido a «esa oculta delectación de mí mismo, ese enmimismarme». Conozco dos ejemplos aislados del xix: el prolífico Fernández y González, en Amores y estocadas (1865) —biografía novelada de don Francisco de Quevedo—, escribe: «¿Y por qué yo me trabuco y me enmimismo y me zarandeo…?». Y en la zarzuela Flor de Aragón (1871), de Federico Fernández San Román, un personaje explica que «estando así… enmimismado / salió el tío Rano y me dio / en los morros un guantazo». En el siglo pasado Ortega también empleó una vez «enmimismarme». Y los participios acudieron a la pluma de algunos poetas y novelistas: enmimismado a la de Juan Ramón Jiménez, Vicente Gaos, Sánchez Ferlosio, Ignacio Aldecoa, Antonio Gala; entimismado a la de Pedro Salinas, Gerardo Diego, Blas de Otero, Mario Benedetti, Jorge Semprún o, de nuevo, Gala.
En fin, ya vimos como Ortega apuntó que únicamente el idioma español posee este magnífico verbo, ensimismarse. Tan solo habría que matizar que disfrutan también de él, es probable que por cesión nuestra, el portugués y el gallego. Para la primera de estas lenguas, al menos, el diccionario de Houaiss da ensimesmar-se como españolismo, y lo data en 1892.