Cine y televisión
Por Joan Ripollès Iranzo
Las películas hay que hacerlas rodando. Si se piensan mucho se arruinan. No entiendo cómo hay quien sostiene que no se puede rodar más que una película al año. Yo, mientras ruedo una, doblo la anterior y preparo la siguiente.
(Pedro Lazaga)1
Cuando a Berlanga le preguntaban el nombre de algún realizador español por el que sintiera especial admiración, en su respuesta solía incluir a Pedro Lazaga, del que destacaba sus incontestables dotes técnicas. Lazaga, a quien las historias del cine probablemente jamás harán justicia, realizó más de noventa largometrajes en treinta y un años de carrera, abordando diversos géneros, entre los que destacó la comedia, que le reportó en taquilla el éxito que la crítica siempre le había escamoteado.
Había nacido en Valls (Tarragona), en el otoño de 1918. Durante la Guerra Civil permaneció fiel a la República, pero al ser recluido en un campo de concentración franquista, salvó la vida ofreciéndose voluntario para luchar en el frente soviético, como soldado del Primer Grupo de Artillería de la División Azul. Años después, traspasaría esta experiencia a la pantalla en algunos pasajes de La patrulla, drama de ambiente bélico estrenado en 1954.
Al volver a España, vuelca su pasión por el cine escribiendo varias críticas que son premiadas en los concursos del Círculo de Escritores Cinematográficos. Mientras trabaja en el Sindicato de la Pesca, frecuenta la tertulia cinematográfica del Café La Elipa, donde conoce a Carlos Serrano de Osma, con quien se introduce en la industria, ejerciendo labores de guionista y ayudante de dirección en sus primeras filmaciones de carácter vanguardista.
En 1948, dirige su primera película, el mediometraje Encrucijada, interpretado por Isabel de Pomés y Fernando Fernán Gómez. En esta época, se atreve con asuntos de orden social que acomete en un drama policíaco —Hombre acosado (1952)—, en la ya mencionada La patrulla (1954) y en un film de bandoleros —Torrepartida (1956)—, películas de toque personal que demuestran su voluntad de trastear en la trastienda moral de los personajes.
En 1956, adapta y dirige Cuerda de presos, la novela con que Tomás Salvador había ganado el Premio Nacional de Literatura. En ella narra la cruda historia de dos guardias civiles de finales del siglo xix, que deben conducir al temible Sacamantecas por cochambrosos caminos sacudidos por las inclemencias del tiempo y la mala fe. Una pieza dura y directa mal digerida por el régimen, que postergará su estreno. La experiencia sirve de escarmiento y Lazaga apostará, desde entonces, por un cine abiertamente comercial, fundamentado en la comedia, que rodará en cadena, atravesando sucesivas etapas.
De su asociación con José Luis Dibildos nacen cintas tan populares como Muchachas de azul (1957) o Los tramposos (1959), una de las comedias más redondas del cine español, que consagró la pareja formada por Tony Leblanc y Concha Velasco. A principios de los sesenta, trabajando para diversas productoras, realizará algunas de las comedias más pintorescas de su tiempo, como Los económicamente débiles (1960) —otra vez con Leblanc—, la sátira sobre la emigración a Alemania Un vampiro para dos (1975) o la extravagancia psicoanalítica El tímido (1965), protagonizada por Adolfo Marsillach, producciones que combina con un péplum —Los siete espartanos (1962)— y Aprendiendo a morir (1962), debut cinematográfico del entonces novillero Manuel Benítez el Cordobés que encontrará un eco, pasados cuatro años, en Nuevo en esta plaza (1966), protagonizada por Sebastián Palomo Linares. Este díptico taurino convierte a Lazaga en cronista del auge de los diestros que en 1969 exhibirán un histórico mano a mano conocido como la «Campaña de los Guerrilleros».
A partir del año sesenta y seis, en colaboración con el productor Pedro Masó, el cineasta catalán cosechará los éxitos más apabullantes de su carrera, una retahíla de títulos que aún llenan, por sí solos, el rincón de la nostalgia de la televisión pública española. La ciudad no es para mí (1966) o El turismo es un gran invento (1968) —con Paco Martínez Soria—, Sor Citroën (1967) —con Gracita Morales—, Los chicos del Preu (1967) —con Karina— o Las secretarias (1968) —con Teresa Gimpera y Sonia Bruno— son solo algunos de ellos.
Entre este alud de comedias populares, que se prolongará hasta el mismo año de su desaparición, Pedro Lazaga realizará también una película de intriga —El rostro del asesino (1967)—, un drama sobre los estragos de la guerra —El otro árbol de Guernica (1969)—, un film de terror —La mansión de la niebla (1972)—,2 una cinta con elementos de ciencia ficción —Largo retorno (1975)— o una crítica del maquis —El ladrido (1977)—.
La muerte se lo lleva el 30 de noviembre de 1979, con apenas sesenta y un años de edad, tras haber pasado por el quirófano y, poco tiempo después de haberse estrenado su última comedia. Su prematura marcha, que le impidió asistir al desmantelamiento de la exigua industria privada del cine en nuestro país, le sumió en un injusto olvido. Quien había ganado varios premios nacionales del Sindicato del Espectáculo desaparecía por la puerta de atrás de la historia del cine, junto a otros tantos profesionales de espíritu artesanal que habían tenido que acoplarse al ritmo acelerado de la cadena de montaje del cine de consumo. Transcurridos más de treinta años, mal que les pese a algunos, sus películas siguen emitiéndose por televisión, haciendo reír al público, manteniendo intacto su objetivo primigenio.