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Miércoles, 3 de abril de 2013

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CULTURA Y TRADICIONES

El mundi-novi de la plazuela de Antón Martín

Por José Manuel Pedrosa

En alguna fecha que no aparece consignada de 1820 vio la luz el número 16 de La Periódico-manía, un folleto salido de la «Imprenta madrileña de Collado» que «se hallará en Madrid en las librerías de Collado, calle de la Montera; de Brun, frente a las Gradas de san Felipe el Real; de Sojo y de Sanz, calle de Carretas; de Cruz y Miyar, calle del Príncipe; de Villa, plazuela de Santo Domingo, y de Minutria, calle de Toledo». Poderosa distribución, sin duda, e interesantísimo elenco de algunas de las librerías que andaban por entonces asentadas en el viejo Madrid. La página prologal del periódico rezaba así:

Al retirarnos anoche del Prado, vimos una gran concurrencia en la plazuela de Antón-Martín. Todos se aproximaban al sitio en que se oía un tamboril, mal templado y peor tocado. Nosotros guiados por la curiosidad, nos arrimamos también, ¿y qué era la cosa?… Un Mundi-novi. El dueño de la grande máquina óptica charlaba con gracia, y nos detuvimos para escucharle un rato.

Tomaba dinero por parlar de priesa, y tirar de cuando en cuando de un hilo donde estaba colgado el cuadro de la escena para substituir otro diferente. He aquí, dijimos nosotros, una verdadera imagen de la Periódico-manía. Charlar mucho, y presentar periódicos y folletos a la expectación pública. ¡Bonito asunto para encabezar el núm. 16! ¿Sí? Pues manos a la obra. Con efecto nos encaminamos a la celda periodical, y nos pusimos a escribir el pensamiento. Y pues está ya escrito y formada la cabeza, tiremos del hilo y vamos presentando cuadros.

El ingenioso periodista equipara, según vemos, el oficio del comediante que con su «máquina óptica» hace desfilar «escenas» ante la «expectación pública» con su propia ocupación de hacer desfilar ante el lector los «cuadros» seleccionados en la composición de su periódico. Preciosa, ácida, irónica, reflexión metaliteraria, que interesará a los historiadores del periodismo. Aunque lo que a nosotros más nos llama la atención, ahora mismo, es el escenario y el gentío que había en él: «Al retirarnos anoche del Prado, vimos una gran concurrencia en la plazuela de Antón-Martín…».

El Prado, lugar de paseo, exhibición, cuchicheo, galanteo de los madrileños desde tiempo inmemorial. La plazuela de Antón Martín, escenario favorito de cómicos, titiriteros, ilusionistas y operadores de ingenios ópticos que ayer recibían el nombre de mundi-novi y que hoy se llaman cine. Ahí al lado sigue hoy en pie el heredero, el venerable pero vivo y populoso Cine Doré, asentado sobre lo que antaño fue encrucijada de comedias portátiles, circos de tres al cuarto y espectáculos de ilusionismo callejero.

Treinta y seis años después del reportaje anterior, cuando el que suponemos joven y entusiasta periodista de entonces debía ser hombre ya maduro y asentado, los tambores callejeros seguían anunciando el «cosmorama, titilimundi o mundo nuevo» por las plazuelas de Madrid, y los jóvenes de buena familia, aunque con unos cuantos pájaros en la cabeza, seguían deteniéndose delante de él. El 7 de septiembre de 1856, una novelita sentimental del hoy olvidadísimo Francisco de Espínola que con el título excesivo de ¡¡Dos amores!! se fue publicando por entregas en el Semanario pintoresco español volvía a conducirnos tras los pasos de un joven que en esta nueva ocasión no venía del Prado, sino que iba hacia él, y que no estaba embargado de entusiasmo periodístico, sino de decepción amorosa. No concreta Espínola el lugar donde los pasos del joven y los de los comediantes se enredaron. Solo apunta que fue «en una de las alamedas paralelas» al Prado.

Tá-tá-tá.

Este ruido llamó la atención del joven. Era el tambor de un cosmorama, titilimundi o mundo nuevo que por la módica retribución de dos cuartos permite a todo ciudadano disfrutar de vistas tan agradables como la de la ciudad de Jauja, en la que se come, se bebe y no se trabaja, o de la ciudad de Antequera, en la que sale el sol por donde quiera. Emilio se paró detenido por un poder desconocido.

Tá-tá-tá, tocaba en el tambor el charlatán diciendo al mismo tiempo.

—Ahí verán ustedes, caballeros y señoras, la gran ciudad de Jauja que el mundo nuevo enseña hoy; en ella los maridos tienen mujeres y estas mujeres tienen amantes: las mujeres son caprichosas, los hombres son como en todas partes, bonachones y condescendientes.

—Tá-tá-tá. Véase un amante que lúgubre va; ya se ve, ¿quién resiste unos calabazones como los que ha llevado? Qué tonto es; en lugar de consolarse llora. Pues bobo, ¿no ves que eso hace reír a la poseedora de nuestra costilla?

—Já-já-ja —reían a coro los soldados y niñeras que rodeaban el titilimundi.

—Vamos, señores, tá-tá-tá, atención, que falta lo mejor, qué cosas tiene el mundo nuevo tan bonitas como extrañas… tá-tá-tá.

—Pues —exclamó un chusco— a mí me parece que el mundo nuevo es el mundo viejo, ni más ni menos.

—Calle él ¿qué sabe? —le contestó el charlatán—. Ahí se verá...

Al pobre Emilio le parecía que se burlaban de él, y tentaciones tuvo de echar a rodar la máquina del que creía le insultaba. ¡Pobre Emilio, no sabía que el estado excepcional en que se hallaba era todo lo vulgar que podía ser desde que hay mundo!

El desdichado cuya herida amorosa anduvieron hurgando sin saberlo los cómicos del mundo nuevo salió apresuradamente de allí para buscar consuelo en la contemplación de un corro de niños junto al que se pensaba que encontraría inocencia y olvido. Intento vano: resultó que los niños aquellos tuvieron la malhadada idea de entonar aquel día canciones de desamor que fueron como si se echara pez hirviente sobre las carnes abiertas, y que la sangre del joven romántico siguió dejando su rastro por las plazuelas de Madrid.

Su historia pesarosa nos dejó, en cualquier caso, una nueva buena para nosotros: una preciosa descripción de los mundi-novi o mundos nuevos, con su retórica característica y sus dialogismos desenvueltos, que andaban por el siglo xix recorriendo las calles del viejo Madrid, entre la plazuela de Antón Martín y las alamedas cercanas al Prado.

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