Centro Virtual Cervantes
Rinconete > Ciencia y técnica
Martes, 24 de abril de 2012

Rinconete

Buscar en Rinconete

Ciencia Y TÉcnica

Los locos cuadradores calendarios (1). Amarillo y en agenda

Por Andrés Carrobles

Pregunta de Trivial Pursuit: «¿Qué sucedió en España entre los días 5 y 14 de octubre de 1582?». Respuesta de jugador humilde y bueno: «Nada». Respuesta de jugador enterado e insoportable: «Nada; pero nada de nada. Y ojo: es que ni allí, ni en Portugal, ni en Italia, ni en la zona católica de Polonia». En ambos casos: quesito amarillo, aplausos y petición de explicaciones.

Aclaración rápida: «Pues nada, que cambiaron de calendario y esos días no existieron». Aclaración un poco más demorada, como para darse pisto: «El juliano, que era el que usaban desde César, adelantaba cerca de once minutos al año; y claro, en 1582 midieron el equinoccio de primavera y se dieron cuenta de que llevaban diez días de retraso. Así que cambiaron la fecha, toquetearon un poco los bisiestos y ahora tenemos el calendario gregoriano, que también adelanta, pero mucho menos; ni siquiera llega a medio minuto al año, tío». Muy bien. Y luego las anécdotas: que si la revolución soviética de octubre fue en noviembre, que si los suecos y los finlandeses hicieron lo que les dio la gana, que si llevan años engañándonos con lo de Shakespeare y Cervantes (quesito marrón), etcétera, y que si ahora entiendo que Santa Teresa muriera el 4 de octubre de 1582 y la enterraran el 15. En fin, todo eso.

Nuestro planeta, como sabemos, no tarda 24 horas en girar sobre sí mismo, ni tampoco 365 días en dar una vuelta al sol. Le falta el casi. Y ahí, en esa pequeña diferencia que se arrastra y crece día a día, comienzan los problemas. Para ajustar el tiempo, tenemos que inventarnos una trampa; a eso se le llama calendario y el que se usa ahora en casi todo el mundo se apellida gregoriano. Pero sus imperfecciones llevan denunciándose —es un decir— desde hace mucho tiempo: los cuatro trimestres son desiguales (90, 91, 92 y 92 días), los dos semestres están muy desequilibrados (181 y 184), los meses tienen nombres arbitrarios o erróneos, el comienzo del año no coincide con equinoccio ni solsticio y, para colmo, todas las navidades nos toca regalar agendas nuevas porque las fechas cambian. La contabilidad y las planificaciones de cualquier tipo se resienten con tanta chapuza; y los países, horror a manos llenas, pierden dinero cada vez. En definitiva: urge modificar el calendario gregoriano, por favor.

Basta consultar las hemerotecas para comprobar que esa reforma que hoy siguen reclamando, por ejemplo, los creadores del calendario Hanke-Henry desde la Universidad Johns Hopkins lleva siendo «inminente» más de un siglo. En realidad, según relataba R. Amengual en La Vanguardia el 10 de octubre de 1912, la idea de reformar el calendario se había hecho fuerte en Praga, en el Congreso de Cámaras de 1908, tras la propuesta conjunta de las delegaciones alemana y austriaca, que protestaban por la variabilidad —un mes largo— de la fiesta de Pascua, siempre tan pendiente de la Luna llena.

Pues bien: a partir de ahí, dice Amengual, lluvia de ideas. Desde la división en doce nuevos meses, ocho de 28 y cuatro de 35 días, soñada por el escocés John C. Robertson, hasta el proyecto de doce meses de 28 días más dos medios meses al final de junio y diciembre, regalo del alemán Fritz Reininghaus, pasando por la creación del mes de Treciembre, cortesía, al parecer, del iquiqueño Carlos Hesse, en un calendario de trece meses de 28 días que —pero esto ya lo veremos— llevaba muchos años inventado. Sin embargo, el proyecto que más triunfaba en 1912 lo había presentado doce años antes un profesor suizo, L. A. Grosclaude, quien imaginó un año compuesto por trimestres idénticos formados por meses de 30, 30 y 31 días (en otros lugares se habla de otro inventor, M. Armellin, y de otra fecha: 1887).

Si el lector es de los que se paran a contar mientras van leyendo, habrá comprobado que todas estas propuestas presuponen un año de 364 días, algo que, ciertamente, no soluciona el desajuste que ya teníamos con el calendario gregoriano. Por eso todos sugieren utilizar un día «blanco», fuera de las semanas y de los meses, para completar el año; y otro más en los años bisiestos, claro. Es decir: mantener el modelo actual, con años de 365-366 días, pero organizándolo un poco mejor. En los próximos rinconetes veremos que las religiones han participado activamente en el debate; y que investigadores españoles como Isidoro García Serrano o Julio Ortiz Conejo tuvieron que vérselas, antes de presentar sus calendarios, con las autoridades eclesiásticas.

Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes, . Reservados todos los derechos. cvc@cervantes.es