MÚSICA Y ESCENA
Por Alba Bergua Muntoner
Desde tan cerca, en la segunda fila, se aprecia mucho mejor: el hombre de la boina y la guitarra no es tan joven. Son engañosos el atuendo y la fisonomía y el estilo y la puesta en escena, y también la noche. El hombre de la boina y la guitarra llega con sus pantalones pirata, con su camisa abierta y con su cuerpo fibroso, pequeño, como de ciclista o como de campeón de peso mosca: lo acompañan un bajista tatuado, un guitarrista larguirucho y un batería grandote. El hombre de la boina y la guitarra llega y salta y levanta los puños; pero en su saludo hay más de deportista que de músico.
Canta en español, en portugués, en francés y en inglés, pero los cambios de lengua ni se notan. En realidad, cantar no canta: es como si recitara, con una voz mitad motín mitad de helio. Empalma unas con otras, muy deprisa; puede parecer que ha repetido alguna, pero es que todas se parecen. No se está quieto ni un instante. No protesta, no glosa, no introduce las canciones. No cuenta nada interesante. Ni aburrido. No cuenta nada. Anda del viento a la esperanza, del «qué horas son» al «je ne t’aime plus», del vacaloca al bongo bong, y todo así.
De vez en cuando, un gesto teatral: toma el micrófono y se da golpes en el pecho, simulando los latidos de un corazón. Mira hacia arriba y parece alegre. Más abajo, en las primeras filas, el público bota y suda y se empuja en los estribillos, y se lleva todo por delante: pobre del que haya traído havaianas al concierto. Él se saca de encima la guitarra, se acerca, les choca esos cinco.
Cada cierto tiempo sube gente al escenario. Unos bailan con él, otros se le abrazan, otros saludan al público. Al final de la noche han pasado por allí unos quince, más o menos. A casi todos los sacan con delicadeza al poco rato de llegar. Una chica que baila muy bien se queda más tiempo, casi una canción completa, hasta que se anima otro espontáneo más, de movimientos difíciles. Ahí se los llevan a los dos juntos.
El rostro del hombre de la boina y la guitarra no refleja la pose de un artista, ni la sabiduría de un virtuoso, ni los destellos de un genio: es algo así como el gozo del héroe popular, el triunfo del buen rollito, la repetición hasta el agotamiento de una fórmula que funciona. Es imposible verlo tan carne de caricatura y no pensar en Muchachada Nui; o verlo y no salirse afuera de una misma y preguntarse cómo es posible que a un tipo así le perdonemos todo. Ni canta ni habla ni nada, pero está tan contento. Levanta los puños: parece que acaba de ganar el campeonato mundial de boxeo, o de coronar el Alpe d’Huez. Y no se entiende por qué, pero nos gusta.
A los cuarenta y cinco minutos aproximadamente empieza a despedirse. «Obrigado, Río» por aquí, «Obrigado, Río» por allá. Es todo teatro. Sale y enseguida entra, y toca otras cuatro o cinco canciones cada vez; y vuelve a salir y vuelve a entrar hasta el infinito, haciendo gestos con el índice en la sien, como si el público se hubiera vuelto maluco por querer más música. Y de nuevo levanta los brazos como después de la etapa reina o de un gancho imposible, y sigue a lo suyo: Pachamama, te veo tan triste; Pachamama, me muero de pena, etc.
Estamos en Río de Janeiro, son las cuatro de la madrugada del 8 al 9 de febrero de 2012 y salimos del Circo Voador, que está enfrente de los arcos de Lapa, después de escuchar durante más de dos horas y media a Manu Chao. La gente está feliz. Unos se quedan a la saideira, que es como la penúltima; las que tenemos que hacer rinconetes nos recogemos pensativas, meditando acerca de lo que vamos a escribir el día siguiente. Y subimos a casa como el viento.
Por la carretera.