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Martes, 17 de abril de 2012

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PATRIMONIO HISTÓRICO

Románico romántico (31). Frederic Marès

Por José Miguel Lorenzo Arribas

En enero de 2011, en cumplimiento de la Ley de Memoria Histórica, se retiraba de la ciudad de Barcelona una estatua que representaba a la Victoria y que se había instalado en la ciudad en 1940 en sustitución de otra, colocada tan sólo cuatro años antes, en homenaje a Pi i Margall, presidente de la I República española. El autor del bronce de la Victoria fue Frederic Marès, a quien se debe uno de los museos más sorprendentes, menos conocidos y mejor dotados de Barcelona, situado al pie de la propia catedral y llamado como su creador. Tratándose de esta ciudad, es decir mucho que está entre los mejores, y parece mentira que sólo el empeño personal de un hombre haya podido reunir las colecciones que este consiguió a lo largo de su vida.

Ciertamente, su longevidad ayudó. Frederic Marès Deulovol nació en Port-Bou en 1893 y murió en Barcelona a los 98 años. Dedicó su vida a sus dos pasiones: la escultura y el coleccionismo, tanto de obras de arte como de «objetos sentimentales», que llamaba él. Dentro de este último campo se hizo con miles de piezas, que hoy están al alcance del visitante en el museo que inauguró en 1946 y donó al Ayuntamiento de Barcelona. Sería imposible en este espacio intentar dar cuenta del alucinante fondo estrictamente románico que atesora este centro, unas cien piezas recogidas en su catálogo, a las que hay que sumar otras trescientas cincuenta góticas, sólo de bulto, pues a la escultura policromada dedicó sus mejores esfuerzos de coleccionista don Frederic. Innúmeros Cristos, incontables Vírgenes… y ajuar litúrgico de lo más variado, en tanta cantidad que puede llegar a abrumar.

El marqués de Lozoya, en la presentación que hizo de las voluminosas memorias del catalán, El mundo fascinante del coleccionismo y de las antigüedades. Memorias de la vida de un coleccionista (1977), a la sazón director de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, definió a Marès «aun en su figura física, la personificación del espíritu romántico de Cataluña». Un «romántico» que reunió una colección de románico que, salvando la del MNAC, es de lo mejorcito que hay en España metido en un museo.

Con una prosa edulcorada, un tanto pacata en ocasiones, los casi ochenta años de dedicación a las antigüedades se describen en las abultadas Memorias, muy minuciosamente en ciertos detalles que a algunos les sobrarán («sentimental» era una palabra muy cara a Marès, y lo era por algo) y pasando por encima de otros que echamos de menos. Produce cierta desazón su lectura, en la que subyace una interpretación providencialista de la historia biográfica abocada a la nutrición de la mejor materia prima que luego será el menú patrimonial ofrecido en el Museo Marès. Se cuenta la historia de su colección prácticamente como una fatídica predestinación a obtener las mejores piezas, obviando, por cierto, las buenas relaciones que mantuvo con el establishment franquista y consiguiendo hacer pasar como filantropía lo que en otros contextos leeríamos como algo rayano al expolio. Es difícil juzgar porque también hay verdad en lo que relata y, desde luego, un afán conservador le animaba más que el ánimo de lucro, envuelto todo en cierta neblina paternalista.

En muchos pasajes se advierte ese halo romántico de quien prefiere pasar casi hambre con tal de adquirir (salvar, diría Marès) una pieza, endeudándose si es preciso, o de quien arriesga su vida por salvar el patrimonio artístico, y en los sucesos de la Guerra Civil de 1936 en Barcelona se alcanzan algunas cúspides del libro (a él se encomendó la restauración de la incendiada basílica de Santa María del Mar).

Queda hoy su museo, donde pasamos de los restos de la Antigüedad clásica a los románicos, de ahí al resto de la historia del arte, y con miles (literalmente) de objetos que formaron parte de la vida cotidiana del Romanticismo burgués. Y eso hay que agradecérselo. Frederic Marès fue un románico romántico, por derecho propio.

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