CULTURA Y TRADICIONES
Por Ignacio Ceballos Viro
La película de José Luis Cuerda Amanece, que no es poco suscita, además de una creciente admiración, mucha curiosidad en lo relativo a los orígenes de su inspiración. Sin duda son variadísimas las referencias culturales que laten bajo cada una de las escenas; sin ir más lejos, el romance Virgilios recitado por un aldeano en el minuto 30. Cuando le preguntan al director, que también fue guionista de la película, «¿y de dónde pudo nacer algo así?», suele responder narrando divertidas anécdotas autobiográficas y citando conversaciones escuchadas al vuelo por las calles y en los pueblos. Ciertamente, una buena parte del humor verbal y situacional que maneja viene de ahí.
Y sin embargo, existen también algunas coincidencias entre escenas y tradiciones culturales o literarias de mucha mayor antigüedad. Sobre la naturaleza de esas coincidencias tendría que dar noticia Cuerda, pues si lo hiciera otro sería entrar en especulaciones: ¿revivió esas tradiciones conscientemente? ¿Las conocía? ¿Tal vez han surgido de forma inesperada del sustrato cultural al que él pertenece?
Uno de esos elementos con una tradición cultural subyacente tiene que ver con la mujer que trae el alcalde en la citada Amanece, que no es poco. Cuando el alcalde regresa al pueblo del brazo de la tal Susan, despampanante andaluza de Santander, los mozos gritan: «¡Queremos que la muchacha sea comunal!» (minuto 23). Este será un leitmotiv a lo largo del filme: más adelante el alcalde se ahorca «porque le quieren quitar a la mujer» (minuto 50), y se explica que «la gente joven quiere que la muchacha que ha traído sea comunal» (minuto 53), o bien reaparece una última insistencia en colectivizar a Susan, con todos los vecinos reunidos en la plaza del pueblo (minuto 68).
Supongo que la petición de las juventudes del pueblo es tan inusitada para el espectador como cualquier otra escena de la película. Vaya, pero la sorpresa se incrementa cuando la misma petición de colectivización de un forastero o forastera se halla en textos tan antiguos como, pongamos por caso, la Biblia. En el Libro de los Jueces, llega un hombre extranjero junto con su mujer (su concubina) a Guibeá, y es alojado por un viejo labrador.
Los hombres de la ciudad, gente malvada, cercaron la casa y, golpeando la puerta, le dijeron al viejo, dueño de la casa: «Haz salir al hombre que ha entrado en tu casa para que lo conozcamos». El dueño de la casa salió donde ellos y les dijo: «No, hermanos míos, no os portéis mal. Puesto que este hombre ha entrado en mi casa, no cometáis esa infamia. Aquí está mi hija, que es doncella. Os la entregaré. Abusad de ella y haced con ella lo que os parezca, pero no cometáis con este hombre semejante infamia». Pero aquellos hombres no quisieron escucharle. Entonces el hombre [el forastero] tomó a su concubina y se la sacó fuera. Ellos la conocieron, la maltrataron toda la noche hasta la mañana y la dejaron al amanecer.
(Jc 19, 22-25)
Conocer está tomado, claro, según la sexta acepción de la palabra en el DRAE. Una narración parecida se lee en Génesis 19, donde los sodomitas intentan llevar a cabo asimismo la tercera acepción de su propio nombre con dos forasteros, exigiendo a voz en grito desde la calle a su anfitrión, Lot:
¿Dónde están los hombres que han venido donde ti esta noche? Sácalos, para que abusemos de ellos.
Los motivos básicos de este elemento cultural y motivo narrativo tan arcaico son la petición colectiva de violación de un forastero o forastera a su anfitrión. ¿Lo conocerían los mozos intelectuales del pueblo manchego de la película de Cuerda a través de esas misas tan aplaudidas del párroco?
Los pasos intermedios de tal motivo cultural están por rastrear. El caso es que al final Susan se salva de acabar como la mujer de Guibeá. Dice el alcalde: «La muchacha me la quedo para mí solo» (minuto 89). Y los aldeanos, con el desengaño de quien ve interrumpirse una tradición, concluyen: «¡Venga, hombre!».