LENGUA
Por Pedro Álvarez de Miranda
Cuando se suscitan discusiones o comentarios en torno a los problemas gramaticales que algunos sustantivos plantean en lo tocante al género es casi inevitable que a algún graciosillo se le ocurra decir o escribir cosas del siguiente tenor: «Pues si se dice médica o arquitecta habrá que decir taxisto y electricisto». El graciosillo reacciona, como se ve, frente a lo que a él le parecen excesos en la formación de femeninos flexionados con -a. Pero su gracieta, a más de no tener la más mínima gracia y resultar tópica y manida, demuestra su absoluta incultura gramatical, denuncia que no ha dedicado ni medio minuto a reflexionar sobre el hecho elemental de que en español unos nombres tienen sendas marcas flexivas para masculino y femenino (-o / -a: niño / niña, mulo / mula; Ø / -a: profesor / profesora, campeón / campeona; -e / -a: nene / nena, presidente / presidenta; además de otras parejas de marcas mucho menos productivas) y otros, en cambio, son invariables y tienen una única forma para ambos géneros, con diferentes terminaciones, mayoritariamente vocálicas: cantante, modelo, camarada, taxista… —y también fiscal (aunque no es inexistente fiscala), portavoz…—. Nótese que los elementos de este segundo grupo no es que tengan un género; tienen también dos, como los del primero, masculino y femenino, pero esos dos géneros no están morfológicamente marcados en la palabra, sino que se hacen patentes solo a través de una doble concordancia, ante todo con el artículo: el cantante / la cantante, el modelo / la modelo, el taxista / la taxista, etc., pero también con otras palabras: aquel artista / aquella artista; estudiante aplicado / estudiante aplicada, etc. Nótese también que en este nutrido grupo de los nombres que las gramáticas suelen caracterizar como «comunes en cuanto al género» conviven los terminados en -o con los más abundantes terminados en -a. Y que son precisamente los muchos sustantivos (y adjetivos) dotados del sufijo -ista los que de manera determinante contribuyen a tal abundancia.
Pero es que además en este caso se le podría replicar al graciosillo, mostrándole de paso —inútilmente— la complejidad e impredecibilidad del lenguaje, que lo que él dice como ocurrencia jocosa (taxisto) resulta que la lengua también lo dice, en serio, en un solo y aislado caso, el de una palabra que es una rareza absoluta: el sustantivo modisto.
La palabra modista se generaliza en nuestra lengua en el siglo xviii, aunque hay algún rarísimo ejemplo del xvii en textos de marcado influjo lingüístico francés (el más antiguo: «ha menester más disposiciones el Maestre de Campo que listones un modista», escribe Román Montero de Espinosa en sus Diálogos militares y políticos discurridos por Eráclito y Demócrito sobre las campañas y exércitos de Flandes, Bruselas, 1654; la misma palabra moda es un galicismo, y modiste se documenta en la lengua del país vecino desde 1636).
El primer significado de modista fue, como precisó Autoridades —y se aprecia en el texto citado—, «el que observa y sigue demasiadamente las modas». Pero ya Terreros abría una segunda posibilidad semántica al explicar que modista es un «adj[etivo] de una term[inación] o de todos los jéneros» que designa «la persona que afecta seguir, que sigue las modas, o las inventa» (subrayado mío). Y esa nueva posibilidad se materializa en la acepción que incorpora el diccionario académico en 1803: «el que hace las modas o tiene tienda de ellas».
Es muy interesante seguir la evolución de la palabra a lo largo de las sucesivas ediciones del diccionario de la Corporación (y de otros). Después de que el de 1817 añadiera a la última definición que hemos copiado el desnortado comentario «se usa más comúnmente en la terminación femenina», el siguiente (1822) viene a decir eso mismo pero como es debido: «se usa más comúnmente en el género femenino», coletilla que se mantiene hasta 1852 y que indicaría que, habiendo más mujeres que hombres entre las personas dedicadas a idear prendas de moda o a venderlas, el femenino se estaba adueñando de la palabra. Ya por entonces, a mediados del xix (1847) el diccionario de Domínguez se despega algo del académico: modista es para él «la que trabaja y se ocupa principalmente en todas aquellas cosas que sirven para adornos o que constituyen el traje de las mujeres»; en lo que, como se ve, hay dos novedades: solo se recoge la posibilidad de que las modistas sean mujeres («la que…») y son mujeres, también, las destinatarias de su actividad. Esto mismo lo refrenda el diccionario académico en 1869: «Hoy es la mujer que corta y hace los vestidos y adornos elegantes de las señoras, y la que tiene tienda de modas». En cuanto a la edición siguiente (1884), desglosa esa acepción en dos: «mujer que tiene por oficio cortar y hacer vestidos y adornos para las señoras» y «la que tiene tienda de modas». En fin, la de 1914 vuelve a la calificación «com[ún]» y define «persona que tiene por oficio hacer trajes y otras prendas de vestir para las mujeres».
En cuanto a los textos, se acompasan bastante bien con esa trayectoria lexicográfica. En el xviii es posible encontrar el modista (junto con la modista, desde luego): en un sainete de Ramón de la Cruz aparece «Mr. Trictrac, modista francés»; y así sigue ocurriendo en las primeras décadas del siglo siguiente: en el Diario de avisos de Madrid del 7 de marzo de 1833 leemos que en la calle de Alcalá «se ha establecido un modista de profesión».
Pero el hecho de que a mediados del xix se hiciera ya muy difícil encontrar modistas que no fueran mujeres —el femenino se había adueñado de un sufijo intrínsecamente común— abrió el paso a la formación del rarísimo modisto, que encontramos el 9 de octubre de 1865 en La Época («una elegante señorita vestida con un traje color de café y punzó, hecho en casa del modisto») y en 1872 en una colección de «tipos de costumbres», Los españoles de ogaño: «el sastre de señoras, el modisto, como ellas dicen» («El sastre», artículo de Constantino Gil). La novedad implicaba cierta aureola de prestigio elegante que situaba a los modistos, a menudo distinguidos por más o menos vagas conexiones parisinas, por encima de la simple modista, y no digamos de la modistilla, diminutivo del que la Academia afirma, al recogerlo en 1869, que «suele decirse de las de menos valer en su arte, y de las oficialas y aprendizas». Un cierto clasismo alienta tras la insólita novedad léxico-morfológica.
El diccionario de Zerolo, Toro y Gómez e Isaza (1895) fue el primero en registrar modisto: «sastre de señoras». La Academia, en cambio, se resistió durante mucho tiempo a aceptar el extraño masculino. Lo incluyó en el Diccionario manual e ilustrado de 1927, pero con el asterisco que en ese repertorio acompaña a «los vocablos incorrectos y los extranjerismos». En 1984, finalmente, se dio por vencida, y aceptó modisto en la vigésima edición de su diccionario común, recogiéndolo de este modo: «m. modista, persona que hace vestidos de señora».
En 1875 un académico, don Fermín de la Puente y Apezechea, había señalado con alarma que «amenaza bárbara invasión de modistos», y en 1914 don Emilio Cotarelo publicó, en el primer tomo del Boletín de la Casa, un articulito destinado a condenar la anómala palabra. Es entonces cuando entendemos por qué en el diccionario de ese mismo año la Academia volvió a poner la calificación de «común» a modista: quería cerrar el paso a modisto con el modista. Y eso mismo pretendieron diversos normativistas y críticos de lenguaje.
En un primer momento puede decirse que ni una ni otros lo consiguieron, pues, aunque ciertamente existen, no resulta fácil reunir ejemplos masculinos de modista durante los tres primeros cuartos del siglo xx. Tomando como muestra los más de trescientos textos que para ese período depara la consulta del Corpus Diacrónico del Español, tan solo encontramos un par de veces, en Pío Baroja, «el modista Worth» y «el otro Valenciaga [sic], modista de París», y en Ángel Palomino «los modistas más atrevidos» y «los mejores modistas». Pero a la larga la recomendación académica terminó por dejar huella, pues en el Corpus de Referencia del Español Actual la situación cambia muy acusadamente: entre las 247 ocurrencias de modista que ahí se encuentran puede contarse una cincuentena larga de ejemplos masculinos; cantidad no desdeñable, pero que, en cualquier caso, está por debajo de los más de trescientos modistos que ese corpus arroja para la misma secuencia temporal (1975-2004).
Aquí, naturalmente, no pretendemos condenar ni desaconsejar nada, y menos cuando la moda ha pasado más bien a manos de diseñadores. Solo hemos querido subrayar, e intentar explicarnos, la absoluta excepcionalidad de un verdadero engendro morfológico.