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Miércoles, 4 de abril de 2012

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PATRIMONIO HISTÓRICO

Románico romántico (30). Toma la luna, todo se vende

Por José Miguel Lorenzo Arribas

Los poetas románticos ofrecían la luna a su amada, si era necesario, porque lo que para Armstrong y EE. UU. costó millones de dólares, muchos años de investigación y un programa militar donde se sustanciaba el dominio del mundo, el terrenal y el cósmico (que no es el espiritual), para un poeta romántico costaba unas sílabas escandidas y bien rimadas. Cosa de oficio, un rato perdido.

Simultáneamente a los generosos poemas donde se ofrecía todo tipo de bondades intangibles, comenzaba a surgir un nuevo oficio, el coleccionismo, que había superado ya la época de los «gabinetes de curiosidades» (relojes, escultura, tablas policromadas, fósiles, estampas, libros y un sinfín de objetos, tantos como la cultura ha producido), y refinaba la búsqueda de sus piezas, especializándose. La intangibilidad no era interesante, y los coleccionistas necesitaban el objeto, tocarlo, tenerlo. Grandes fortunas comenzaron a atesorar piezas, trayéndolas de lejos muchas veces: pintura y escultura, en su mayor parte. El problema fue cuando se quiso ir más allá y, junto a lienzos y tablas pintadas, esos acumuladores de cosas se dieron cuenta de que faltaba otro tipo de pintura en sus salones, la pintura mural, que poco a poco comenzaba a prestigiarse, entre otras cosas porque no se podía mercadear con ella. Una de dos, o se compraba el edificio donde estaba, o se llevaban el muro entero, cosa imposible. Entonces, nació una tercera vía: extraer solo la capa donde se disponían esas representaciones parietales para que la iconografía cambiara de domicilio y ornara el propio, pero el muro permaneciera donde estaba. Lo que no es pensable no es posible, como sabían los medievales. Pero se comenzó a pensar, y se obró el milagro, y para solventar el problema técnico nació en Italia el invento del arranque de las pinturas, que se pudo hacer de varios modos. Uno de ellos fue a través de la técnica del strappo (literalmente, ‘despegado’, ‘arranque’, en italiano), una ingeniosa manera de extraer la policromía de los enlucidos de un muro despegando la película más superficial, la que contiene los pigmentos y el dibujo, dejando in situ las capas preparatorias. Una vez arrancada por laborioso procedimiento, la decoración mural se enrollaba sobre una tela que posteriormente, en su nuevo emplazamiento, se adhería al soporte que la había de recibir. Así, lo que hasta entonces tenía consideración de bien inmueble, cambió de categoría. Eppur si muove, como dijo el otro, y grandes fragmentos, inextricablemente unidos a los muros que desde el principio los habían acogido, comenzaron a viajar, a moverse.

Hoy, de hecho, la pintura mural tiene esa sorprendente consideración administrativa y técnica: bien mueble. Así se arrancó tanta pintura mural de España y otros lugares de Europa, y de pequeños pueblos perdidos viajó a grandes metrópolis, de Estados Unidos mayormente, que era donde había dinero. Murales estáticos durante siglos conocieron mulas, trenes, camiones y barcos, y cruzaron el océano. Cuántas se perderían en manos de marchantes, anticuarios o chamarileros. Cuántas se deteriorarían para siempre. Los señoritos acaudalados de California, Nueva York o Florida ya no soñaban con ofrecer y poseer la luna, sino con hacerse con esos tesoros de perdidas y remotas regiones, conocidas por la literatura y los viajeros, celosos de sus tradiciones y desconfiados de los extranjeros… ma non troppo, y exhibirlos en sus mansiones.

Todo se vende… porque todo se compra. Tiemble la luna, que la cuenta atrás comenzó un 20 de julio de 1969, y los ricos de hoy comienzan a comprar viajes espaciales. Desde arriba, que se lo pregunte a tanta pintura huérfana de su muro. Ya no son poetas que la invocan a beneficio de inventario. Son mercaderes que la persiguen para beneficio propio.

Ay, luna, lunera, cascabelera.

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