Ciencia Y TÉcnica
Por Pablo Martín Sánchez
Estoy en la Bibliothèque nationale de France (BnF) y tengo entre manos un libro titulado Traité complet de l'art du chant. La fecha de la edición original se remonta a 1847 y el nombre de su autor poco tiene de francés: Manuel García. En el prólogo a la edición que estoy consultando, firmada por un tal J. Rondeleux, se afirma (traduzco) que García «fue el más célebre profesor de canto del siglo xix». Pero eso no es todo: a continuación el prologuista asegura que el libro es «el primer ensayo con un enfoque científico de la voz, el testimonio de un hombre consciente de pertenecer a una tradición a la que debe todo, pero sensible al mismo tiempo a la invención, a la evolución, al cambio». Al leer la palabra invención me pongo en guardia y un poco más adelante obtengo mi recompensa: «M. Garcia [sic] es también el inventor del laringoscopio y todo su libro manifiesta el mismo espíritu de búsqueda y explicación de las causas».
Me conecto a Internet, entro en Wikipedia y tecleo «Manuel García». La primera referencia que encuentro me remite a Manuel del Pópulo Vicente García, tenor y compositor español. Pero ese no es el hombre al que ando buscando, sino su padre, el tenor favorito de Rossini, que escribió expresamente para él el papel de Almaviva de su ópera bufa El barbero de Sevilla. En segundo lugar, sin embargo, la enciclopedia libre me pone tras los pasos de Manuel Vicente García, cantante de ópera, maestro de bel canto e inventor del laringoscopio, cuyo nombre completo no se queda corto: Manuel Vicente Patricio Rodríguez Sitches [sic], nacido en Zafra en 1805. Vaya, me digo, qué casualidad: en Zafra, como Ruy López, el inventor de la apertura ajedrecística que lleva su nombre. Y entonces me pongo a investigar.
Varias horas después abandono la BnF con los ojos rojos, una libreta atiborrada de notas y una desconfianza cada vez mayor en Wikipedia: según la biografía que aparece en el n.º 1 de la revista OpusMusica, Manuel García no nació en Zafra, sino en Madrid, en el número 19 de la antigua calle del Limoncillo, actualmente travesía del Reloj, donde el Ayuntamiento ha puesto una placa conmemorativa. Pero el gato escaldado del agua templada huye, así que llamo a mi amigo Pablo, que vive en Madrid, y le pido que compruebe el dato. Una hora después tengo un vídeo en mi cuenta de correo. Al darle al play aparece la imagen de una placa en la que dos angelitos custodian el busto de un hombre con mostacho; y, de fondo, se oye la voz de mi amigo leyendo la inscripción: «“A Manuel García Siches, inventor del laringoscopio. Nació en esta casa en 1805. El Ayuntamiento de Madrid”. Y debajo: “La Sociedad Española de Otorrinolaringología, a Manuel García, en el centenario del descubrimiento de la Laringoscopia, 1955”. Debajo de la placa, “Casa Zhen”. Y en la calle de al lado, haciendo esquina, “Casa Juanito”. Ahí está, tocayo».
Lo curioso de la historia es que Manuel García no provenía del campo de la medicina, sino del de la ópera, y fue su interés por el estudio científico del más perfecto instrumento de música (la voz humana) lo que le llevó a inventar el laringoscopio, ese sencillo pero revolucionario instrumento que sirve para explorar la laringe en vivo y en directo. El hijo del que fuera tenor predilecto de Rossini había abandonado una prometedora carrera como barítono para dedicarse a la enseñanza del canto y al estudio anatómico del aparato fonador, primero diseccionando laringes de perros y más tarde de cadáveres humanos en la campaña francesa de Argelia. Pero, qué duda cabe, intentar desentrañar el funcionamiento de la voz mirando la glotis de un muerto es como querer aprender a tocar el piano hojeando una partitura. Y así fue como en 1854, según cuenta la leyenda, don Manuel García se fue a dar un paseo por el Palais Royal de París y, al ver su imagen reflejada en un vidrio, empezó a barruntar la idea de hacer lo propio con su laringe. Para ello utilizó un espejillo dental, que se introdujo hasta el fondo del paladar aguantándose las náuseas; luego colocó otro espejito en el exterior, de manera que reflejara la luz del sol e iluminara su garganta, permitiéndole observar el movimiento de las cuerdas vocales. Había descubierto el laringoscopio y a partir de entonces tendría que soportar el sobrenombre de «el Cristóbal Colón de la laringe».
Con los años acabaría recibiendo la Gran Medalla de Oro de manos del emperador alemán y la Gran Cruz de Alfonso XII que le impuso el mismísimo Alfonso XIII, pero con la modestia que siempre le caracterizó, aún tuvo tiempo de asegurar que no entendía cómo había alcanzado tanto renombre por algo tan simple como un espejillo que le costó seis francos.