ARTE / Claroscuro
Por Elena Paulino Montero
La producción de retratos de Goya fue una de las facetas más prolíficas del pintor aragonés, y también una de las más irregulares en cuanto a su calidad. Conservamos retratos realizados por puro oficio, con personajes rígidos, sin vida, sin ninguna conexión con el espectador, junto a otros especialmente conmovedores, a los que Goya se entregó por completo con el objetivo de captar el alma del retratado, que aún hoy en día palpita bajo las capas de óleo y barniz.
Uno de estos magníficos retratos de Goya es el de la marquesa de Santa Cruz, doña Joaquina Téllez Girón y Pimentel, hija de los duques de Osuna, protectores de Goya y los mayores clientes del pintor tras la familia real. La madre de la marquesa, la duquesa de Osuna, fue una de las mujeres más admiradas de su época por su inteligencia y refinamiento de influencia francesa. Su hija heredó este gusto vinculado a lo francés y su papel como protectora de artistas y literatos. Su esmerada educación y lo escogido de su círculo social quedan de relieve en este retrato alegórico encargado a Goya en 1805, que se enmarca dentro de la nueva moda neoclásica francesa de la que sólo participaban los personajes más refinados de la alta nobleza española.
La marquesa de Santa Cruz aparece recostada, en una postura íntima que se aleja de las convenciones tradicionales de los retratos femeninos y que se ha relacionado con la Venus del espejo de Velázquez, que perteneció a la duquesa de Alba y posteriormente a Godoy, y con Las majas del propio Goya, posiblemente encargadas por el mismo Godoy para su gabinete.
La joven, con un vestido de corte imperio blanco, aparece tocada con una guirnalda de flores y frutos y sostiene en su mano izquierda una lira con trastes y cuerdas de guitarra, instrumento muy de moda a finales del siglo xviii. Tanto la guirnalda como el instrumento musical identifican a la marquesa como una de las musas clásicas, bien Erato, musa de la poesía amorosa, o más probablemente Terpsícore, musa de la danza, de la poesía ligera y el canto coral, como alusión a las aficiones literarias y artísticas de la joven dama.
Este tipo de retratos «a la clásica» se puso de moda entre las damas europeas de la época, como demuestra el retrato escultórico de Canova Alexandrine Bleschamps en Terpsícore, con el que también se ha relacionado esta obra de Goya. Sin embargo, Goya supera estos modelos neoclásicos incorporando por un lado, como hemos visto, la influencia de Velázquez, no sólo en el tratamiento del tema, sino en la paleta de colores y la pincelada suelta y llena de matices. Por otro lado, Goya, como en la mayor parte de retratos de sus amigos, se aleja de la imparcialidad y de las limitaciones teóricas del neoclasicismo. En este retrato, así como en otros de jóvenes damas especialmente queridas por el pintor, como la Duquesa de Chinchón, Goya refleja sus sentimientos de afecto, admiración y respeto en el acercamiento al personaje principal, lleno de elegancia, pero a la vez humano y verdadero, cargado de vida.