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Lunes, 26 de abril de 2010

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LENGUA

Un dicho y su porqué (con una breve consideración sobre el léxico familiar)

Por Pedro Álvarez de Miranda

En el aún reciente libro de memorias de Manuel Fernández-Montesinos, Lo que en nosotros vive, la figura del abuelo materno aparece con reiteración en los recuerdos de infancia. Cuando se evocan tiempos felices en la Huerta de San Vicente lo vemos, por ejemplo, sentado en su mecedora y reclamando bondadosamente la atención de los nietos con la promesa de un obsequio consabido. «Nosotros corríamos hacia la mecedora y nos poníamos a su alrededor para consumar el rito. Nos decía, poniendo voz de cura: “¡Ábrilis bóquilis!”, y echaba en cada una de las tres bocas un caramelito».

Ábrilis bóquilis. La pintoresca frase quedó grabada en la memoria del niño, con la ayuda de la consonancia. ¿Sólo en la suya y, seguramente, en las de sus hermanas, o también en la de alguien más? ¿Qué nivel de socialización alcanzaría? Existe, desde luego, lo que se ha llamado el léxico familiar, ese conjunto de expresiones que identificamos como características del microcosmos en que el grupo humano de nuestra familia consiste, por aprendidas en su seno, y en relación con las cuales no resulta fácil determinar si prevalecen más allá de sus límites. Un buen día acaso descubrimos de alguna que, archirrepetida por nosotros, fuera de aquel ámbito resulta desconocida, y caemos en la cuenta de que pertenecía a un código comunicativo mucho más restringido de lo que hubiéramos pensado; o, por el contrario, comprobamos en relación con otra que en círculos más amplios es también corriente, bien de forma idéntica, bien con alguna ligera variante diferenciadora, o acaso con un valor que no es exactamente el mismo que en nuestro pequeño universo familiar le dábamos.

Lo más probable es que los nietos de don Federico García Rodríguez no interrogaran a su abuelo acerca de aquel dicho. ¿A qué preguntar por algo que, sobre entenderse a las mil maravillas, tiene el inapelable aval de la gustosa cotidianidad compartida y se nos presenta, por ello, como lo más natural del mundo?

¿Podría ocurrir que estuviéramos ante una invención del patriarca de los García Lorca y, en lógica consecuencia, ante un uso privativamente familiar, lo que, a efectos lingüísticos, prácticamente lo vaciaría de interés? El modo de descartar semejante posibilidad no es, por supuesto, otro que encontrar en alguien más —ajeno, naturalmente, a dicha familia— un eco de la misma frase, ábrilis bóquilis. No figura en el conocido libro de José María Iribarren sobre la materia. Pero sí se tropieza con ella, y ya es algo (mejor: es mucho), en uno de los que nos dejó aquel infatigable y más bien caótico colector de materiales idiomáticos que fue don Julio Cejador. El cual la consigna en 1908 del siguiente modo, y con forma prácticamente idéntica a la que ya conocemos: «Ábrili-bóquilis, que abra la boca, latín macarrónico».

El origen de la expresión no es sin embargo latino, sino italiano. Pero macarroniquísimo, eso sí, y, por tanto, todo lo pseudoitaliano que se quiera. La indagación de los «porqués de los dichos» exige, como se sabe, una inmersión no siempre exitosa (ni mucho menos) en el ancho campo de lo proverbial y lo folclórico, la localización de un chascarrillo o una anécdota de donde la expresión dimane, la fortuna de que haya sobrevivido testimonio elocuente o explicación escrita veraz de lo que muy predominantemente ha vivido y vive en el uso oral y familiar (en el sentido ahora, más bien, de ‘informal’ o ‘coloquial’) de una lengua.

Esta vez la explicación se halla en una facecia relativamente difundida al menos en todo el xix y primeras décadas del xx. Su protagonista es un charlatán ambulante al modo del Dulcamara donizettiano, que ofrece un eficacísimo producto contra las pulgas. Y que a la pregunta sobre su modo de empleo contesta —preferiblemente, es de suponer, cuando ya se ha embolsado el importe— más o menos lo siguiente: «Cógili pulgui, ábrili boca, échali polvi, cátala morta». Ni que decir tiene que en los diversos testimonios que cabe reunir para el chiste abundan las variantes, según se carguen en ellos más o menos, a base de íes, las tintas de la pretendida italianidad. El más antiguo que conozco aparece en el Diario de Palma del 5 de enero de 1813: «“Polvos especiales para matar las pulgas”, gritaba en su idioma un italiano por las calles. “A ver esos polvos; y bien, ¿qué se hace con ellos?”. “Cógili pulgui, ábrili voqui, échali pulvi y cáteli morti”». Naturalmente, el periodista aplica la gracieta, acto seguido, al asunto político de actualidad sobre el que está discurriendo, y que no hace ahora al caso.

En la copiosísima Pepitoria, mescolanza o recolección de cuentos, anécdotas, chascarros, dicharachos, ocurrencias agudas o necias, sucedidos, epigramas, etc., que publica en 1865 «un andaluz aficionado al género», se pone nombre al pillo transalpino: «il Signore Jiacomo Polvicini, primer químico de Italia»; el cual, haciendo muchas reverencias al incauto que le ha soltado ocho reales por una cajita del pretendido remedio, le explica: «—Multo facile, mio signore: si cogi li pulgui, li abri la boqui, se li echan li polvi e cátali morti». Y el chascarrillo fue lo suficientemente conocido como para que en 1901 uno de los autores que emitieron sesudo informe sobre Oligarquía y caciquismo de Costa, don Luis Navarro Ramírez, pudiera escribir simplemente: «esto [plantar cara al cacique y vencerlo con las armas de la ley] no es ninguna fantasía ni ningún “cogi li pulgui”».

Metidos ya en la orgía macarrónica, nada extrañará que junto a boca y boqui aparezcan bóquili, en paralelo con ábrili, y bóquilis (con terminación de postiza latinidad que sin duda despistó a Cejador), que a su vez generó ábrilis, acaso ya solo en el idiolecto de don Federico García. Tenía su nieto dos años cuando el periódico Gracia y Justicia, «Órgano extremista del humorismo popular», publica (7 de septiembre de 1934) una tira cómica de Lasauga titulada «¿Que te pica una pulga en el cogote? Pues aplica esta fórmula, amigote». En la primera viñeta se ve a una pulga llamada «Separatismo» y unas pinzas, las de «la Ley», que se ciernen sobre ella, con este pie: «Cogi la púlguilis…»; en la segunda, con las pinzas ya sujetando al bichito, el texto sigue: «…abri li bóquilis…»; en la tercera el molesto parásito recibe una rociada de «Polvos del principio de autoridad», y la leyenda es: «…échali púlvilis…»; la cuarta, en fin, muestra, naturalmente, a la pulga del Separatismo muerta en el suelo, y el texto culmina con un «¡¡catilimóquilis!!» que lleva el disparate al extremo.

Hemos apuntado arriba que ábrili(s) bóquili(s) no consta en El porqué de los dichos, de Iribarren; tampoco cogi li pulgui —o como rayos quiera decirse y escribirse—, y son ausencias lógicas. Pero en otro libro del mismo laborioso folclorista, su Vocabulario navarro (1952), sí se incluye toda la retahíla (Cogi li púlguili, ábrili bóquili, etc.; prácticamente no hay dos veces que se enuncie de idéntica manera), dentro de una colección de «Dichos y frases proverbiales» que, nótese bien, no se presentan como exclusivamente navarros. El nuestro, apunta el compilador, «se saca a colación cuando alguien propone un remedio descabellado o estúpido».

No encuentro motivos para que humildes menudencias como esta, y no demasiado añejas, queden fuera de la intencionalmente rigurosa dilucidación histórica y filológica que otros hechos de lengua merecen. Si aplicarse a ella es, por añadidura, una fuente de regocijo, ¿qué más puede pedirse?

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