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Martes, 20 de abril de 2010

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Música y escena

Eppur si muove (III). Celtas Cortos. La cabaña de la discordia

Por Alba Bergua Muntoner

Dicen los libros de efemérides que un 20 de abril nacieron Pietro Aretino, Napoleón III, Adolf Hitler, Harold Lloyd y Joan Miró; y que un 20 de abril murieron Claudio Coello, Bram Stoker, Paul Celan, Benny Hill y Cantinflas, entre otros.

Ahora se cumplen veinte años de otro famosísimo veinte de abril. Ya saben: veinte de abril del noventa, hola, chata, cómo estás, ¿te sorprende que te escriba?, tanto tiempo, es normal, etcétera, etcétera. Hasta ahí, e incluso más adelante, todo bien: nadie tendrá ningún problema en recitar de un tirón el comienzo de uno de los más conocidos temas de Celtas Cortos. Lo malo viene en el estribillo, ese «¿Recuerdas aquella noche en la cabaña...?». ¿En la cabaña de dónde, en la cabaña de quién? ¿En la cabaña del Turbo? ¿En la cabaña del Turco? ¿En la cabaña de turno? ¿En qué cabaña, por favor?

Yo tenía diez u once años cuando escuché esa canción por primera vez; después he vuelto a cantarla infinidad de veces, pero siempre con dudas al llegar a la cabaña de la discordia. Rebobinar la cinta no valía de nada; la voz de Jesús Cifuentes se mezclaba con las flautas, los violines, las guitarras, la batería y el sonido ambiente, ya fuera el del concierto, el del magnetofón o el de mi propia casa. Daba lo mismo; me resigné a bajar la voz y a mirar disimuladamente a las bocas que en los bares cantaban a mi lado —casi todas hacían como yo—, mientras lamentaba que nunca conocería la verdad. Jamás le pregunté a nadie, ni a mis amigos siquiera; había una especie de pacto de silencio, un doloroso mutismo que contribuía a darme la sensación de que yo no era la única ignorante. Lejos de tranquilizarme, eso me agobiaba aún más.

Turno era lo más parecido a lo que yo oía y además tenía cierto sentido; podía querer decir algo así como «¿Recuerdas aquella noche en la cabaña de siempre?» o «¿Recuerdas aquella noche en la cabaña de esos años?». La locución de turno, sin ser la solución perfecta, podía pasar y aun casar con lo que seguía, ese final donde «ya no queda casi nadie de los de antes; y los que hay han cambiado, han cambiado, sí».

Pero reconozco que me gustaban mucho más otras variantes, casi todas con T mayúscula, lo que permitía cierto grado de flexibilidad. O sea: la cabaña del Turco y otros alrededores como Turbo, Tumbo, etc. Que, como apelativos que eran, podrían no estar en el diccionario, pero sin embargo existían y eran imaginables en toda su potencialidad. Aunque la voz del Cifu no pronunciara en absoluto la oclusiva velar sorda de Turco, yo imaginaba esa cabaña del Turbo (o del Tumbo, o de quien fuera) como una especie de bienaventurado albergue a cualquier hora donde el protagonista y sus amigos pasaban los veranos y se divertían y se enamoraban y escribían canciones.

Ahora, con Internet, algunas cosas (no todas) son más fáciles que antes. Primero: no cuesta nada comprobar que absolutamente todas las variantes que yo había imaginado, barajado y desechado a lo largo de los años —turno, Turco, Turbo, Tumbo, etc.— e incluso alguna otra, sorprendente e inusitada para mis oídos monolingües de entonces y de después —Tourn-More—, se dan por válidas, a veces hasta con espléndidas argumentaciones, en diversas páginas electrónicas. Segundo: es tan fácil como lo anterior verificar que existe un refugio llamado «Cabaña del Turmo» en el Valle de Estós (Benasque, Huesca), lo que clarifica bastante las cosas.

Pero tercero: busquen vídeos de Celtas Cortos en directo. Y fíjense en esa cámara que durante casi toda la canción apunta al vocalista y sin embargo se aparta sospechosamente de él al llegar al estribillo. Entonces díganme: ¿no piensan que la conspiración de la cabaña puede venir de más lejos? ¿Y que tampoco es Turmo la solución, sino otra sencilla o terrible palabra que ninguno hemos llegado a descifrar?

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