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Lunes, 19 de abril de 2010

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Ciencia y técnica

Inventos españoles (2). El mando a distancia

Por Pablo Martín Sánchez

«Era de noche, y nosotros también veíamos la televisión. La verdad es que no oímos nada raro». Así se expresaba la vecina de abajo (o la de arriba o la de al lado) del señor de Badajoz que en febrero de 1998 fue encarcelado por amenazar a su mujer y a su hija con un hacha. El motivo de la disputa: hacerse con el mando del mando a distancia del televisor. Los periódicos aprovecharon la ocasión para cargar las tintas contra la sociedad de consumo, la violencia doméstica o la ludopatía. Pero nadie se acordó de Leonardo Torres Quevedo, inventor del diabólico aparatito que había provocado la discordia.

Más exactamente, lo que don Leonardo inventó fue el telekino, que vino a hacer realidad la antigua aspiración de chamanes y parapsicólogos: la de mover objetos a distancia sin la intervención aparente de fuerzas físicas. Cuando en 1890 el espiritista ruso Alexander Aksakof designó como telequinesia dicha propiedad, poco imaginaba que una década después un inventor nacido en tierras de Cantabria iba a conseguir científicamente lo que otros llevaban siglos intentando hacer con el poder de sus mentes. Pero lo cierto es que, como el propio nombre indica, telekino significa ‘movimiento a distancia’ y con toda justicia debería ser considerado el más antiguo mecanismo de control remoto, «el primer aparato de mando a distancia del mundo», en palabras del mismísimo Torres Quevedo.

La idea le surgió al gran inventor cántabro hacia finales de 1901, mientras trabajaba en un nuevo tipo de globo dirigible que pretendía probar sin poner en peligro a nadie: es decir, haciéndolo funcionar sin tripulación. Y enseguida se dio cuenta de que a través de las ondas hertzianas utilizadas por la telegrafía sin hilos sería posible dar órdenes a distancia. Al año siguiente patentó el invento y en agosto de 1903 hacía la primera demostración pública del telekino en la Academia de Ciencias de París, limitándose a mover una hélice y un timón con la ayuda de un transmisor situado en la otra punta de la sala. Ya en España, siguió perfeccionando el invento y alcanzó gran popularidad tras las exitosas pruebas realizadas en el frontón madrileño Beti-Jai, donde consiguió que un triciclo cumpliera todas sus órdenes, y en el puerto de Bilbao, donde el bote Vizcaya, con ocho personas a bordo, maniobró a dos kilómetros de la costa siguiendo con absoluta precisión las instrucciones que don Leonardo le daba desde la terraza del Club Marítimo del Abra. Seguro que más de uno pensó, viendo aquel prodigio de la ciencia, que debía encontrarse más bien en el Club Marítimo del Abracadabra.

El éxito del invento llegó a ser tal, que al propio Alfonso XIII se le pudo ver poco después manejando un pequeño bote con la ayuda del telekino, bajo la atenta y satisfecha mirada de Torres Quevedo y de varios miembros del Gobierno. Sin embargo, su inventor no se durmió en los laureles y siguió dedicando todo su esfuerzo a la ciencia que él llamó Automática, antecesora directa de lo que hoy conocemos con el nombre de Cibernética. Fue así como perfeccionó sus máquinas algébricas (germen de los actuales ordenadores), construyó un autómata ajedrecista que hizo las delicias de Savielly Tartakower (medallista olímpico de ajedrez en diversas ocasiones) o fabricó el transbordador que acabaría balanceándose sobre las cataratas del Niágara.

Pero de todos sus inventos, tal vez sea el telekino el que más haya afectado a nuestra vida doméstica. Y si no que se lo pregunten al señor de Badajoz que a punto estuvo de hacer astillas a toda su familia por hacerse con el mando del mando a distancia.

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