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Jueves, 15 de abril de 2010

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CULTURA Y TRADICIONES

Negros en la nación blanca: los afroargentinos

Por Josefina Cornejo

Según una muy extendida creencia popular, los negros desaparecieron en Argentina. La realidad, sin embargo, es otra. El país no es distinto del resto de los que conforman el continente americano y comparte con la mayoría de las antiguas colonias europeas la misma historia de esclavitud y explotación del hombre negro.

Los africanos comenzaron a llegar en pequeño número a las colonias del Río de la Plata alrededor de 1534. El grueso de su traslado forzoso se produjo a partir de 1588. En un primer momento, el contrabando fue el método utilizado para introducirlos en territorio argentino. No fue hasta que los británicos obtuvieron el privilegio de hacer uso del puerto de Buenos Aires que prosperó el tráfico de esclavos. En 1713, Inglaterra logró el monopolio de este comercio. En 1813 se declaró en el Virreinato del Río de la Plata —que abarcaba territorios de los actuales Paraguay, Uruguay, Bolivia, Brasil y Argentina— la «libertad de vientres», el principio jurídico que condujo a la abolición de la esclavitud en España y en las nuevas naciones americanas a lo largo del siglo xix. Esta ley promulgó la libertad a los futuros hijos de las esclavas, pero no reconoció el mismo derecho a los esclavos existentes. En 1853, Argentina —independiente de la metrópoli desde 1816— abolió el sistema esclavista. Si bien los afrodescendientes pasaron a considerarse ciudadanos argentinos, los vestigios del régimen de castas impuesto por España durante la colonización impidieron que disfrutaran de los mismos derechos que el resto de la población.

La presencia africana en la antigua colonia se redujo de forma significativa a lo largo del siglo xix. La tradición afirma que la población negra desapareció. Son varias las razones esgrimidas para validar esta aseveración. La primera, las cuantiosas bajas de afroargentinos, reclutados en masa para el ejército nacional con la falsa promesa de obtener la libertad, en la sangrienta y larga Guerra del Paraguay (1865-1870). La segunda, su elevada tasa de mortalidad como consecuencia de sucesivas epidemias, en especial, durante la fiebre amarilla de 1871 en Buenos Aires. Varios estudios recientes han revelado que se diseñaron y ejecutaron ciertos mecanismos de represión que les recluyeron en condiciones de salubridad precarias y, por tanto, más expuestos al azote de la peste. Por último, ante la perspectiva de encontrar un clima político y social menos hostil, numerosos afroargentinos decidieron huir, principalmente, al vecino Uruguay, por cercanía y porque históricamente la comunidad africana había sido más numerosa en el país limítrofe.

Si bien los factores apuntados contribuyeron a difundir el firme convencimiento de la extinción del negro argentino, no se puede ignorar un hecho decisivo en la historia del país: el impacto que la inmigración masiva desde Europa, que se inició en la segunda mitad del siglo xix y se prolongó durante las primeras décadas del xx, ejerció en el colectivo de origen africano. Fomentado por la Constitución Nacional de 1853, el éxodo de europeos formó parte del proyecto de europeización de la patria puesto en marcha por la clase dirigente. Su pensamiento profundamente eurocéntrico dio origen al mito de la Argentina blanca, cuya base ideológica, impulsada por, entre otros, Domingo Fausto Sarmiento y Juan Bautista Alberdi, héroes de la nacionalidad argentina, valoraba ante todo el ancestro europeo y la sangre blanca pura o con escasa mezcla de sangre africana o india. La estigmatización de todo lo que no fuese blanco o europeo fue uno de los pilares sobre los que se sustentó la joven nación. La inmigración desde el viejo continente se promovió a fin de forjar una sociedad de ciudadanos blancos y blanqueados, esto es, europeizados en mentalidad, aspecto y costumbres. Los inmigrantes multiplicaron la población del país en un breve espacio de tiempo y desplazaron a la comunidad negra. Por otra parte, muchos de los llegados desde Europa eran varones y, dada la escasez de hombres negros, cuyo número había descendido en demasía debido a las causas antes indicadas, los matrimonios interraciales se convirtieron en una práctica habitual. El mestizaje, por tanto, aclaró a la población negra y, a medida que se aclaraba, resultaba más difícil identificar su existencia. Más aún, el nuevo orden establecido excluía a los ciudadanos de color, sea este el que fuese, ya que constituían vestigios de un pueblo que se pretendía transformar y un obstáculo para el programa de blanqueamiento. En 1887, el porcentaje oficial del colectivo negro se estimó en un 1,8%. Durante prácticamente un siglo no volvió a ser objeto de ningún estudio.

A la luz de lo expuesto, sería más acertado hablar, en lugar de disminución, de un proceso de invisibilización de la población negra. Su aparente desaparición fue el resultado de una representación historiográfica que los ignoró. Sin embargo, el español argentino, que, como cualquier idioma vivo, evoluciona y se nutre de términos provenientes de otras lenguas y sociedades, se hizo eco de esta presencia. Numerosos términos acuñados en el habla popular delatan su origen africano. Sirvan de ejemplo mina (‘mujer’), mucama (‘criada’) y quilombo (‘enredo’). Y, ¿es posible ignorar también el candombe, la milonga y el tango?

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