LITERATURA
Por Luis Alonso Girgado
Con la posible excepción de algún nombre deslizado en alguna antología, casi nada sabemos de la literatura costarricense. Muy recientemente, sin embargo, nos han llegado aportaciones narrativas de Rodrigo Soto y, sobre todo, la admirable y ambiciosa novela que es Cruz de olvido (Ed. Veintisiete Letras, 2008), de Carlos Cortés, escritor que goza de notoriedad en la prensa y literatura de su país y que con la citada novela —ahora a nuestro alcance como lectores— ha recibido el Premio Nacional de Literatura y otros galardones fuera de su país. No es extraño. Cruz de olvido es una impresionante, demoledora radiografía de la Costa Rica de la segunda mitad del pasado siglo y, al tiempo, el doloroso examen de una conciencia en crisis, abismada en el fracaso, en el dolor de la tragedia colectiva del país, en los sentimientos personales de culpa y de frustración, en el descrédito de los ideales revolucionarios puestos en juego junto al sandinismo nicaragüense y, en definitiva, en el olvido como último pero imposible refugio. Todo ello encarnado en un protagonista central, Martín Amador, mediocre periodista, inútil y fracasado revolucionario, conciencia lúcida del horror y testigo de la esperpéntica vida política de los «costarrisibles» habitantes de la devastada «Costa Risa», cuya capital es «una aldea construida alrededor de un teatro».
Es Cruz de olvido novela de vasta y significativa temática en lo humano individual, en lo social y en lo político, la crónica personal de un retorno y un reencuentro; es, así mismo, un ajuste de cuentas de un descreído ex-revolucionario con su país y, en definitiva, también una novela generacional y nacional de Costa Rica; un asombroso texto narrativo que gira alrededor del padre (Martín Amador) empeñado en la búsqueda del cadáver de su hijo.
Es Cruz de olvido una de esas novelas en las que la experiencia lectora es una superior e insustituible categoría. Como construcción imaginativa, su ley es la dislocación, el desequilibrio, los choques y desajustes de su temporalidad interna, el constante intercambio de la vencida mirada interior y la óptica externa sobre un apocalíptico ceremonial político orquestado por un grupo de figurones (El Procónsul, El Mono, Siete Puñales) especialistas en los peores horrores de la política, crímenes y terror incluidos. Con todo, en primer plano debe figurar un lenguaje narrativo de indudable poder expresivo, manifestado en plurales registros lingüísticos, crispado en sus brotes de irracionalismo, onirismo y alucinación y cargado de intencionalidad satírico-burlesca, de sarcasmo, de ironía. En la capacidad de un escritor para adentrarse a fondo en el sombrío laberinto político y social de todo un país, en su latido de vivir colectivo y hasta en su destino tiene esta novela su más espléndida valoración. Es Cruz de olvido una novela de las que salen pocas en toda una década. No se priven de leerla.