Arte / Claroscuro
Por Marta Poza Yagüe
Una de las comunidades cristianas más antiguas que existen es la Iglesia Copta de Egipto, cuyo origen apostólico se vincula con la predicación de San Marcos en el Valle del Nilo, a mediados del siglo I de nuestra era.

Paolo Caliari, Veronés (1528?-1588): Martirio de San Mena (detalle)
Lienzo, 248 x 182 cm
Núm. de inventario: 497
Confesión hegemónica hasta los años 639-642, en que se produce la invasión musulmana del país, el número de sus fieles ha ido descendiendo paulatinamente con el paso del tiempo hasta apenas alcanzar en la actualidad el 10 % de la población. Divididos entre coptos-ortodoxos y coptos-católicos, aún emplean en su liturgia la lengua copta, directamente enraizada en la que hablaban los antiguos faraones y a la que se añadieron términos eclesiásticos tomados del griego. Como santo nacional rinden culto a San Menas, santo al que atribuyen propiedades de sanador y cuya festividad celebran cada 11 de noviembre. Menas de Alejandría, oficial egipcio de las legiones de Roma, fue decapitado por ser cristiano, en Asia Menor, en el 296. Hasta aquí lo que se conoce del personaje histórico. Sus hagiógrafos, sin embargo, se esforzaron en componer una leyenda mucho más floreada y sugestiva. Según ésta, los prodigios que rodean su vida comenzaron aún antes de su nacimiento. Cuentan que su madre, estéril y ya anciana, rogó a la Virgen ser bendecida con un hijo antes de morir. Conmovida la Virgen por el fervor de la súplica, accedió a la petición contestando a la mujer con un escueto AMÉN. Como símbolo de agradecimiento, una combinación de las cuatro letras que formaban esta bíblica palabra fue el origen del nombre elegido por la madre para bautizar al niño tras el alumbramiento: se llamaría MENA.
Ya adulto, cuando había ganado el grado de centurión del ejército, trató de utilizar su cargo para acabar con las crueles persecuciones a las que eran sometidos los cristianos por parte de los soldados, cumpliendo órdenes del emperador. Hostigado él mismo por esta causa, huye al desierto donde se convierte en ermitaño. A pesar de ello, no logrará escapar de la ira de Diocleciano, quien ordenará su apresamiento y martirio. Primero será cegado; luego se le cortarán las manos; finalmente, morirá decapitado.
Tras su muerte, y cumpliendo un deseo expresado con anterioridad a sus seguidores, sus restos fueron colocados sobre los lomos de un camello al que se dejó vagar por el desierto. Allí donde el animal se detuvo, en las proximidades de Alejandría, fue donde se cavó su tumba. Como sucede con otros muchos enterramientos de santos, junto a ella brotó una fuente a la que no tardaron en acudir en masa los peregrinos, atraídos por el poder salutífero de sus aguas.
Su culto, extendido desde Egipto hasta el mundo bizantino, es, sin embargo, ajeno al cristianismo occidental. Tal vez por ello, este cuadro pintado por Veronés fue, erróneamente, considerado durante mucho tiempo como un Martirio de San Ginés. El santo, arrodillado sobre una estructura pétrea y ataviado con una túnica de intenso color azul, está a punto de sucumbir bajo el golpe de la espada del verdugo, en presencia de un grupo de soldados y curiosos. Atendiendo a su condición de militar, un niño, en primer término, mira al espectador mostrando un escudo con sus manos. Y, para despejar cualquier duda sobre su identidad, un letrero tallado en la piedra sobre la que se apoya el protagonista reza: MARTIRIV SCTI MENN[AS].
El escenario es grandilocuente, con unas marmóreas arquitecturas clásicas dando fondo a la composición. Los cielos, cubiertos de nubes tornasoladas amenazando tormenta, son característicos de la producción del pintor de Verona, lo mismo que los brillantes colores empleados y las posturas en ocasiones forzadas de los personajes, tan propios de la escuela veneciana de las últimas décadas del siglo xvi.
La obra, en el Museo del Prado desde 1837 procedente del Escorial, fue regalo del Almirante de Castilla, don Alfonso Enríquez de Cabrera, a Felipe IV.