Arte / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
Pues este nombre perdí,
«Dido, mujer de Siqueo»,
en mi muerte esto deseo
que se escriba sobre mí:
«El peor de los troyanos
dio la causa y el espada;
Dido, a tal punto llegada,
no puso más que las manos».(Garcilaso de la Vega)
La mítica y cautivadora historia de amor de Dido y Eneas fue relatada por Virgilio en la Eneida (libro IV) y por Ovidio en las Heroidas, si bien lo hicieron desde puntos de vista diferentes. Virgilio insiste en el deber ineludible de Eneas, a quien los dioses habían encomendado la misión de fundar la ciudad de Roma, razón por cual ha de renunciar al amor de Dido.

Benito Manuel de Agüero (ca. 1626-ca. 1670): Eneas parte de Cartago (detalle)
Lienzo, 239 x 205 cm
Núm. de inventario: 896
Presenta a esta como una mujer desesperada y airada, que clama venganza cuando ve partir las naves: «Que devore este fuego con sus ojos desde alta mar el troyano / cruel y se lleve consigo la maldición de mi muerte»; además de su corazón, Dido había entregado a Eneas el cetro de reina de Cartago. Ovidio, por el contrario, en su singular colección de cartas de amor supuestamente escritas por mujeres míticas, nos cuenta el malhadado romance con las palabras de Dido. Ella expone en su misiva elegiaca toda una serie de reproches a su amado y reúne razones para retenerle, insinuando incluso que pueda estar embarazada; mas acaba reconociendo su sino y se suicida: por amor y desengaño, no hay causas más sublimes. El piadoso Eneas, como los demás héroes destinatarios de las epístolas, es contemplado como un verdadero traidor y un mentiroso. El Lamento de Dido que cierra la opera de Henri Purcell (sobre libreto de Nahum Tate basado en la Eneida), estrenada hacia 1689, capta magistralmente la desesperación de la reina. La voz de Dido (sobre todo cuando se la prestan Janet Baker o Jessye Norman) manifiesta rabia y dolor al mismo tiempo, no hay rastro de autocompasión sino de rebelión contra un funesto destino: «Recuérdame, pero, ¡ay!, olvida mi sino» (Remember me, but ah! forget my fate).
Aunque los autores cristianos se encargaron más tarde de negar esa supuesta infidelidad de Dido, la viuda de Siqueo de Tiro, y consideraron su relación con Eneas una invención de los poetas latinos, su desventurado amor —como el de Cleopatra y Marco Antonio que ya evocamos en otra ocasión— forma parte de nuestra herencia cultural. De la historia de Dido y Eneas, los muchos pintores que la abordaron solían elegir el momento más dramático, el del suicidio, o bien su primer encuentro amoroso en una gruta. Ambos fueron ilustrados por Benito Manuel de Agüero (Burgos, 1626-Madrid ca. 1670) en una serie de paisajes para el palacio de Aranjuez. El cielo borrascoso que cubre el puerto de Cartago cuando las naves de Eneas se hacen a la mar presagia el trágico fin de su reina. Al fondo, sobre la bahía, se alza el palacio de Dido, que pronto será sacudido por el infortunio.