Literatura
Por Marcelo Villena Alvarado
Junto a Pueblo enfermo (1909), ensayo de interpretación histórica y cultural que termina identificando la «mezcla de razas» como la causa de los males que aquejan al país, Raza de bronce fue sin duda la obra más leída, comentada, traducida, de Alcides Arguedas (1879-1948), el más reconocido de los escritores bolivianos de la primera mitad del siglo xx. Lo han señalado los especialistas, con Raza de bronce estamos frente a un hito inaugural y un verdadero paradigma de la «novela indigenista», pues desde una mirada «civilizada», «occidental», Arguedas asume allí la representación (en principio, reivindicativa e integradora) del mundo indígena. La historia, narrada según una veta modernista, heredera tanto del simbolismo y el realismo franceses (más precisamente de la novela naturalista de Zola), se articula en torno a la resistencia, normalmente solapada, finalmente violenta, de una comunidad aymara a orillas del lago Titicaca. Los viajes y prestaciones cotidianas a los que están sometidos los indígenas por parte de los hacendados criollos, pero también los ritos y fiestas comunales, una historia de amor y unos personajes representativos, constituyen los diversos escenarios mediante los cuales la novela pretende lograr ese «conocimiento objetivo» (del medio, de la historia, de la «psicología de la raza») explícitamente formulado por Arguedas desde un horizonte positivista (el llamado «darwinismo social», breviario del letrado criollo de la época). Y es que además de la descripción del mundo indio, mediante referencias a las expropiaciones de tierras comunitarias iniciada en las últimas décadas del siglo xix, y sobre todo a través de las polémicas que abrazan a los personajes «blancos» de la novela, Raza de bronce despliega también una puesta en escena del debate en torno el «problema del indio», fantasma que aparentemente acosa a las élites bolivianas en los principios de siglo.
Leída y celebrada en primera instancia según los designios del autor (como «denuncia» que habría actuado sobre la «conciencia nacional» logrando incluso «leyes protectoras del indio» y algunos indicios de modernización en la producción agrícola), Raza de bronce ha sido cuestionada por la crítica más reciente (Rodríguez, Monasterios) que señala, justamente, una imposibilidad de «representar» (en todos los sentidos del término) el mundo indio. La figura del «narrador problemático», esa voz «blanca y letrada» que debe decir de un mundo que le es totalmente ajeno, hace de la reivindicación indigenista una suerte de mistificación ideológica: debiendo «traducir» ese mundo otro, el narrador tiende más bien a «traicionarlo» (idealizándolo, a veces, otras estigmatizándolo bajo la imagen del «bárbaro»). Desde esta perspectiva, Raza de bronce resulta entonces emblemática de una imposibilidad de comprender y asumir al indio como sujeto de la vida nacional. Pero más allá del valor del polémico documento histórico e ideológico, más acá de las nobles y civilizadoras pretensiones del autor que hacen de su aproximación al mundo indio un esfuerzo fatalmente estereotipado, Raza de bronce revela también la potencia de una escritura que llega a dramatizar sus propios dilemas. Imágenes como las de la mazmorra y el río que se lleva a uno de los personajes («el desplome incontenible de los cerros trocados en lodo»), o la de «aquella enorme mole blanca» que con su silencio «en ese concierto del agua y del viento parecía sofocar con su peso la voz grave de los elementos», haciendo «más sensible la insignificancia de la vida animal», realizan algo más que el típico gesto modernista en la descripción del paisaje. Se inscribe allí, en efecto, la verdad del drama humano que se juega no ante otros hombres, sino trágicamente ante la biología y las fuerzas de la naturaleza. No en vano la expresión consagrada por el título («raza de bronce»), aparece no en referencia a una heroica fortaleza del pueblo aymara, sino en el comentario que hace el hacendado sobre una fallida violación: «Al verla tan fina nadie hubiese sospechado que esa salvaje tuviese tanta fuerza. Yo la cogí por la cintura y quise echarla al suelo, pero no pude. Es una raza de bronce —confesó Pantoja».
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