LITERATURA
Por Fernando Aínsa
Pocos escritores latinoamericanos han dado muestra de una actividad creadora tan intensa como la de Enrique Amorim (1900–1960). Basta recordar que en los años de su vida activa —entre 1920, aparición de su primer libro, Veinte años, y 1960, fecha de su muerte— Amorim compuso una obra de más de cuarenta títulos, en los que abordó los géneros más diversos: poesía, cuento, novela, ensayo periodístico y teatro, entre las que figuran los «clásicos uruguayos» El paisano Aguilar (1934) y El caballo y su sombra (1941).
Sin embargo, desde su mismo origen, La carreta (1923) fue la obra preferida de Amorim. Numerosas declaraciones del autor respaldan esa preferencia, traducida en el trabajo de revisiones y correcciones que acompañan las sucesivas ediciones a lo largo de buena parte de su vida creativa. Mientras otras novelas eran rápidamente olvidadas o reeditadas sin variantes, esta volvía una y otra vez a la etapa del proyecto como una obra «no terminada». La última edición, la sexta, considerada «definitiva», es de 1952.
La originalidad de La carreta radica en la temática inédita que aborda: el de la prostitución itinerante, para la cual reclamara el autor su integral inventiva. Al parecer, esas mujeres de «ojos licenciosos» viajando en una carreta de pueblo en pueblo, de estancia en estancia por los campos del norte del Uruguay —ese «pobre lugar de la tierra, donde había una mujer por cada cinco hombres»— para «mitigar los dolores» de peones y «conformar a troperos», no habrían existido nunca.
Pese al carácter de «pura invención» que Amorim reivindica para sus quitanderas, es interesante observar que —gracias al realismo en que se inscribe su narrativa— podrían ser el reflejo de un fenómeno social que hubiera realmente existido. Por otra parte, la aparición de «la carreta» en los pueblos y campos constituye un acontecimiento, no sólo por la condición de «misioneras del amor» de que son portadoras, sino por la atracción que provoca el exotismo de algunas de las quitanderas, brasileñas de trajes coloreados y contagiosa simpatía.
Sin embargo, estamos lejos en La carreta —cuyos capítulos son en sí mismos cuentos independientes— de la denuncia social y moral de las novelas de tema prostibulario en las que abundó el naturalismo americano. En efecto, Enrique Amorim no denuncia ni pontifica, sino que pinta simplemente una realidad de cruda «miseria sexual». Incluso, en el origen «picaresco» de su empresa hay una cierta alegría: aún trabajando, las mujeres lo pasan bien, pese a que la presencia de la autoridad policial, brutal y corrupta, las explote y acose.
Otros episodios anuncian que la ternura o el amor son posibles en el duro mundo del campo : los gestos del «tropero enlutado» que no puede olvidar a la finada, pese a las caricias que le dispensa Clorinda, la iniciación de Chiquiño por Leopoldina y la fuga de ambos, huyendo de las iras de Matacabayo, a través de un mundo que es suyo, porque «la china es suya», el amor desesperado del indio Ita «jineteando a la muerta» Pancha, Maneco y Tomasa, la historia de Correntino, «marica» por no aceptar el sexo sin amor y doblemente «marica» por llorar el amor de la quitandera Petronila. En estos episodios que van jalonando la obra, más allá del sobrio estilo de Amorim, se descubre el pudor contenido y la tensión de un mundo donde en la desesperación de una cópula se intenta asir al otro, para dejar de estar solos, esfuerzo que no siempre es inútil.
Desmantelada la carreta al final de la novela, abandonada en una tierra donde hundirá raíces para transformarse en rancho, Marcelino Chaves y la quintadera Rosita cabalgan hacia un futuro donde: «Después veremos lo que se hace, ¿Entendés? Ya veremos», aunque una cosa resulte cierta: «Aquella vida le pertenecía». Una vida que le pertenece a partir de la pareja que ha formado, lo que no es poco mientras se sigue «el camino interminable bajo el claro signo de un cielo altísimo y azul», después de haber sufrido tantas miserias.
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