Arte / Claroscuro
Por Marta Poza Yagüe
A unos cincuenta kilómetros al noroeste de Venecia se encuentra la localidad de Bassano, patria chica de una conocida saga de pintores del siglo xvi apellidados da Ponte, pero conocidos universalmente como los Bassano (Bassani en italiano) en alusión a su lugar de origen. La figura principal de este grupo es el padre, Jacopo (1510-1592), autor de grandes escenas pastorales, bíblicas y hagiográficas, de gran éxito entre la clientela del momento. Los años centrales de su producción se caracterizarán por una acusada influencia del manierismo que se manifiesta, fundamentalmente, en composiciones de complicado dibujo —en menoscabo del color—, en las que ensaya los efectos plásticos producidos por bruscos contrastes lumínicos. Sólo en sus últimos lienzos, siguiendo la estela de Tiziano y de Tintoretto, su pintura perderá gran parte de ese amaneramiento para centrarse en otros aspectos como el cromatismo brillante, la luminosidad y la expresión, tan propios de la escuela veneciana.
Jacopo tuvo cuatro hijos y los cuatro se dedicaron también a la pintura. El mayor, Francesco (1549-1592), fue el que desarrolló un mayor talento independiente. Con un estilo muy próximo al de su padre, aunque más naturalista y menos amanerado, fue asiduo colaborador suyo, firmando varios lienzos de manera conjunta. Sus hermanos Giovanni Battista (1553-1613) y Gerolamo (1558-1621), carentes de la creatividad del primero, destacaron, no obstante, por su habilidad como copistas de las obras paternas. Por último, Leandro (1557-1622), afincado en Venecia desde la década de los ochenta, evolucionó hasta convertirse en un reputado retratista. De él conserva El Prado un retrato del padre, procedente de la Colección Real.
Sobre fondo oscuro, el patriarca aparece representado de busto con la cabeza girada para dirigir la mirada directamente hacia el espectador. Efigiado en su madurez, como denotan las abundantes canas de cejas, cabello y barba, así como las numerosas arrugas que surcan su rostro, lleva bonete negro sobre la cabeza y viste atuendo de idéntico color con cuello blanco y guarnición de piel. Sin nada que lo identifique en este caso como pintor, se conserva en Viena otro retrato suyo más elaborado en el que, a una composición idéntica a la del Prado, se han añadido un manojo de pinceles y una paleta que el protagonista sujeta entre sus manos como atributos propios de su oficio.