Arte / Claroscuro
Por Marta Poza Yagüe
No es la primera vez que se trata en esta sección de la desdichada historia de Los amantes de Teruel. En aquella ocasión, el famoso lienzo de homónimo título, pintado en 1884 por el valenciano Muñoz Degrain, sirvió como marco para el desarrollo de la fortuna literaria de un tema que hunde sus raíces en un suceso histórico acaecido en el Teruel de 1217.
Pero la plasmación del trágico final del amor imposible entre Isabel de Segura y Diego Marcilla, la muerte de los dos amantes en el interior de la iglesia de San Pedro, no es la única aproximación al tema del citado pintor levantino. Sólo dos años antes, en 1882, éste fecha y firma en Roma otro cuadro titulado Antes de la boda. Algo menos conocido que el anterior y de dimensiones más reducidas, se centra en la figura única de la desconsolada novia en los instantes previos a su ceremonia nupcial.
Vestida para la ocasión con un lujoso traje al que se ha aplicado una rosa abierta sobre el pecho, adornada con un collar de perlas de tres vueltas y con la cabeza cubierta por velo, doña Isabel permanece sentada en el centro de una solitaria estancia mientras espera resignada el momento del enlace. Junto a ella, en una mesa, un cofre abierto deja ver algunas joyas y objetos metálicos al lado de un jarrón de cristal en el que lucen dos flores, ya significativamente marchitas. Al fondo, cuelgan tapices de las paredes.
Los hombros caídos y el cuerpo escurrido hacia delante, con la espalda apenas reposada en el grueso cojín colocado sobre el respaldo de la silla, dan una primera idea del estado de abatimiento que embarga a la novia. Pero es en el rostro donde se concentra toda la carga expresiva del lienzo. Con la cabeza inclinada sobre el pecho y los grandes párpados completamente caídos, el resignado gesto es la mejor representación visual de la tristeza de su alma.
De un cromatismo desbordante, donde el dibujo queda subordinado a las grandes machas de color aplicadas mediante enérgicas pinceladas que dejan gran cantidad de materia sobre el soporte, el fondo queda completamente difuminado para no distraer la atención del objeto principal del cuadro: la soledad de la infeliz Isabel.
El asunto ilustra a la perfección el comienzo del tercer acto del conocido drama de Juan Eugenio Hartzenbusch, estrenado el 18 de enero de 1837. Como el propio autor indica al iniciarse la escena primera: «Aparece Isabel ricamente vestida, sentada en un sillón junto a una mesa, sobre la cual hay un espejo de mano hecho de metal. Teresa está acabando de adornar a su ama». Desesperada por el decaimiento de la novia, la fiel sirvienta, al punto de colocarle al cuello una rica gargantilla como la perlada del cuadro, pronunciará una dramática frase que no tardará en revelarse como profética: «Pero alzad la cabeza, Isabel. Si esto es amortajar a un difunto». Apenas podrá contestarle doña Isabel con algo más que dos frases entrecortadas en las que condensará todo su estado de ánimo: «¡Feliz, Teresa! Con este vestido, ¿cómo he de ser feliz? ¡Pesa tanto, me ahoga tanto!... Quítamele, Teresa!». De todos es conocido el final de la historia.
Tras su exhibición en la Exposición Nacional de 1884, el lienzo fue adquirido por el Estado en 3000 pesetas, con destino al entonces Museo de Arte Moderno. Depositado al año siguiente en la Sociedad Económica de Amigos del País de Santiago de Compostela, no regresó al Museo del Prado hasta 1973.