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Martes, 18 de abril de 2006

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Arte / Claroscuro

Gloria del azul

Por Juan Carlos Ruiz Souza

Los adelantos técnicos permiten que hoy podamos disfrutar de una amplísima variedad de colores, aunque sean artificiales, pero no siempre fue así la historia. En el pasado, o lo que es lo mismo hasta el siglo xviii principalmente, no todos los colores gozaron de la misma estima. Su valor dependía del producto utilizado para su manufactura o simplemente de la dificultad para conseguirlo, lo que explica que exista una jerarquía fácilmente comprensible a la hora de su aplicación sobre el lienzo. El más complicado y caro fue el azul que utilizaba la piedra semipreciosa del lapislázuli para su elaboración. Debía ser cuidadosamente molido y mezclado con los aglutinantes necesarios para después aplicarlo al soporte, e incluso con ciertas técnicas, caso del fresco, su utilización era muy complicada, lo que explica que en muchas ocasiones se aplicase en seco sobre un fondo grisáceo. Es extremadamente delicado y una mala maniobra en su preparación podía mutar su color hacia los marrones. Por todo ello no debe extrañarnos que en ocasiones el propio promotor de la obra diera al pintor el color azul con la consiguiente explicación de donde quería que el artista lo aplicase. En definitiva su elevado coste le doto de una simbología intrínseca. Terminaría siendo el color de la Virgen, de su pureza y a la postre de la Inmaculada Concepción.

En este gran cuadro de Tiziano, conocido como La Gloria, La Trinidad o El Juicio Final, según los diferentes autores que se han aproximado a él, fue pintado por encargo del propio emperador Carlos V hacia 1554, tras conocer al artista en Augsburgo cuatro años antes. En el centro aparece la Trinidad (Dios Padre, Cristo y el Espíritu Santo) junto a la Virgen. A la derecha de la composición se representa a la familia real, encabezada por el propio Carlos acompañado de su mujer Isabel de Portugal y el propio Felipe II. También vemos a múltiples figuras de los Testamentos, así como a diferentes personajes de la época, caso del propio Tiziano, Pietro Aretino o el embajador español en Venecia, Francisco de Vargas. El cuadro fue muy querido por el emperador. Lo llevó con él a su retiro de Yuste, y parece que pidió verlo en sus últimos momentos antes de morir. Después su hijo Felipe II lo mandó llevar a El Escorial, al igual que los restos mortales de su padre, y permaneció allí hasta que en 1837 ingresa en el Museo del Prado.

¿Y el azul? ¿Dónde aparece? No es casual que se utilice nada más ni nada menos que monopolizando las ropas de Dios, Cristo y la Virgen, junto a parte del cielo. Entre los muchos personajes que completan la composición, sólo lo volvemos a ver de forma destacada en un monumental personaje de la parte inferior del cuadro, que se trata del rey David, por el arpa que sujeta entre sus brazos. Ni siquiera San Juan Bautista, situado detrás de la Virgen, o el propio Moisés disfrutan de semejante honor. ¿Por qué el rey David? Este monarca del Antiguo Testamento forma parte de la genealogía de la Virgen y por lo tanto también de Cristo. En definitiva, no podemos olvidarnos de todas esas sutilezas, cuyo origen tiene un carácter técnico, también sirven para comprender un cuadro.

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