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Martes, 11 de abril de 2006

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Arte / Claroscuro

Paisajes imaginados, ciudades soñadas

Por Susana Calvo Capilla

Pintores flamencos como Hans Memling, Gerard David o Joachim Patinir (siglo xv y primera mitad del xvi), de quienes el Museo del Prado posee obras magníficas, dieron a sus paisajes un gran protagonismo, tanto desde el punto de vista físico como simbólico, aunque siguieran siendo marcos de una narración religiosa. Se trataba de una naturaleza humanizada, poblada de caminos con transeúntes y de puentes sobre los ríos, de ciudades y aldeas con chimeneas humeantes. A menudo, ese escenario natural era aprovechado para insertar otros episodios de la historia principal del cuadro, o bien para sugerirlos, omitiendo los personajes. Hans Memling fue un auténtico maestro en la fórmula de dispersar pequeñas escenas por cada rincón del paisaje. Otros, como Gerard David, preferían usar la elipsis y, por eso, en su Descanso en la Huída a Egipto insinúa la marcha de San José en busca de alimentos para la Virgen y el Niño mediante la representación de una ciudad y el camino que conduce a ella. Estos recursos contribuían a dotar a la escena de un aire cotidiano pero también le restaban algo de sacralidad.

El paisaje, incluso en el caso de Patinir, que redujo las historias a minúsculas anécdotas, no era todavía un género independiente, como había existido en época romana y como existirá después en el Romanticismo. La mayoría de los grandes pintores renacentistas menospreciaba este género, con dos notables excepciones, Leonardo da Vinci y Alberto Durero, extraordinarios paisajistas, dedicados al estudio del natural, además de la botánica, la física y la perspectiva.

Los pintores primitivos flamencos, por su parte, presentan una naturaleza idealizada, paisajes amenos, placenteros y pintorescos; siempre verdes, con ríos y montañas. También las ciudades son ideales, imposibles, imaginadas, vistas desde fuera y a distancia. Quizá, en algún caso, se inspiraron en edificios de su entorno, aunque después los mezclaran o reinterpretaran. Ciertos rasgos parecen reales, propios de las ciudades medievales, como las murallas, la ausencia de un orden urbanístico o la presencia de espacios vacíos en el interior del recinto. Pero la mayoría son fruto caprichoso de la imaginación del pintor. Un ejemplo paradigmático de ello es el paisaje que sirve de fondo a esta Crucifixión, pintada hacia 1500 por el llamado Maestro de la Leyenda de Santa Catalina, nombre que podría esconder a un hijo de Roger van der Weyden. La ciudad es aquí tan irreal que parece sacada de un cuento de hadas, con castillos como el del príncipe de Cenicienta y exóticas cúpulas bulbosas (¡sobre edificios góticos!) tan evocadoras como las palabras de Scherezade.

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