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Martes, 26 de abril de 2005

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Arte / Claroscuro

Ermita de la Vera Cruz de Maderuelo

Por Susana Calvo Capilla

En 1947, el proyecto de construcción del pantano de Linares obligó al traslado de las pinturas románicas de la ermita de la Vera Cruz de Maderuelo (Segovia), declarada monumento nacional en 1924. Primero fueron arrancadas con la técnica del strappo (que consiste en despegar sólo la capa pictórica), sin el mortero de preparación, y después trasladadas a lienzo y colocadas en el Museo del Prado en 1950, en un espacio en forma de capilla románica del siglo xii para conservar la disposición original de las escenas.

Su brillante colorido, el esquematismo del dibujo y la rotundidad de los volúmenes les confieren una singular fuerza expresiva, vinculada a pintores formados en Italia. Las partes mejor conservadas son los dos lunetos, donde figuran el Cordero de Dios, encerrado en un clípeo, flanqueado por Caín y Abel en uno y la Creación de Adán con el Pecado original en el otro.

En la bóveda encontramos un Pantocrátor sostenido por cuatro ángeles y rodeado por el Tetramorfos. Estos símbolos de los cuatro evangelistas, y gran parte de la iconografía medieval, surgieron en los momentos iniciales del cristianismo. Fue San Jerónimo, uno de los Padres de la Iglesia, quien dio nombre a los cuatro seres misteriosos que, según la descripción del profeta Ezequiel, tiraban de la cuadriga celestial en la Gloria de Dios.

No obstante, la idea de usar animales alegóricos no era original del primer arte cristiano; los romanos ya representaban a sus dioses bajo la apariencia de animales (un águila, un pavo real y una lechuza constituían la Triada Capitolina —Júpiter, Juno y Minerva, respectivamente—). Asimismo, cristianizaron algunas imágenes paganas y las convirtieron en transmisoras de la Buena Nueva: la salvación del alma y la resurrección de los cristianos, los sacramentos del Bautismo y de la Eucaristía. Así sucede con la representación de Cristo como Buen Pastor (un trasunto del Hermes Crióforo clásico), o como maestro de sus discípulos (calco de las reuniones filosóficas).

El primer arte cristiano, de los siglos ii y iii, estuvo estrechamente ligado al mundo funerario, y así encontramos las primeras imágenes en las pinturas de las catacumbas y en los relieves de los sarcófagos, donde se convertían en oraciones fúnebres (Comendatio animae) visuales. Se disponían «imágenes-signos», según la denominación de André Grabar, donde lo esencial era el contenido simbólico, fácilmente reconocible por los iniciados: Cristo transfigurado en pez o en cordero, en pescador y pastor, en salvador y guía en definitiva; la cruz convertida en ancla o en palma; el pez y el agua como signos del Bautismo; un ágape o banquete en recuerdo de la Eucaristía; o el barco que no pierde el rumbo ni zozobra a pesar de los embates del mar, como la Iglesia. Se trataba de un vocabulario sutil para épocas de tolerancia y hermético para las de persecución.

En cuanto a la Biblia, tanto el Nuevo como el Antiguo Testamento —éste en tanto que prefiguraba el mensaje de Cristo—, fue la principal fuente de inspiración. Las imágenes van adquiriendo un valor profiláctico y benefactor, pasan a ser un instrumento en la afirmación de la fe. Quizá por ello, el simbolismo dejó paso a un estilo más narrativo, más atento a los detalles, como se aprecia en las pinturas románicas de Maderuelo.

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