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Martes, 19 de abril de 2005

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Arte / Claroscuro

Trento y el arte

Por Juan Carlos Ruiz Souza

La Reforma protestante desencadenó una verdadera revolución en la Historia del Arte. Alguna de sus corrientes más radicales rechazó tajantemente la utilización de imágenes como medio de representación de la divinidad y, más aún, que estas fueran veneradas en un ambiente de leyenda e idolatría. Como respuesta al protestantismo, la Iglesia católica, con el papa Paulo III y los jesuitas a la cabeza, y sin olvidarnos del persuasivo apoyo del emperador Carlos V, organiza el Concilio de Trento en 1545. Su duración se dilata hasta 1563, tras pasar por diversas etapas. En su última sesión, celebrada entre el 3 y 4 de diciembre de 1563, se abordó el tema de las imágenes.

El Concilio de Trento y la orden de los jesuitas fueron los grandes protagonistas y responsables de la nueva iconografía religiosa que se desarrolla a lo largo de la segunda mitad del siglo xvi y de la totalidad del xvii. Aquellos aspectos de la religión cristiano-católica atacados por la Reforma iniciada por Lutero —culto a la Inmaculada Concepción y a los santos, reconocimiento de los sacramentos y de las obras de misericordia, etc.— serán promovidos con enorme interés desde la propia Iglesia de Roma.

El arte puso toda su brillantez y su magia al servicio de la Contrarreforma y de los sentidos: la técnica, el color, la luz y también el trampantojo y el teatro, para conmover con el mensaje católico a todos los fieles. Bajo un supuesto realismo se presentaron a los santos y sus éxtasis, los episodios fundamentales de la Pasión de Cristo y de la Concepción Inmaculada de la Virgen, y el sufrimiento de los que dieron su vida por su fe. Los cielos se abrieron para mostrar las cortes celestiales y la realidad de la otra vida, y la proximidad existente entre el efímero mundo terrenal y la eternidad del Paraíso.

Si el arte conmovía los corazones de los fieles mostrando el dogma, el objetivo se había alcanzado.

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