Arte / Claroscuro
Por Marta Poza Yagüe
La Regla de San Benito, ese corpus de normas que regula el día a día de los benedictinos y de aquellos otros, como los cistercienses, que también la asumieron tras su fundación como código de vida y conducta, dedica varios capítulos a estipular todos los aspectos relativos a la alimentación de los monjes.
Frugalidad, «con tal de que, ante todo, se excluya cualquier exceso y nunca se indigeste algún monje», y abstención en el consumo de carne de cuadrúpedos salvo en caso de extrema debilidad o enfermedad, son las notas más distintivas en lo referente a la comida para la que «todos los hermanos tendrán suficiente con dos manjares cocidos para que, si alguien no puede tomar uno, coma del otro... y, si hubiese allí fruta o legumbres tiernas, añádase un tercero. Bastará para toda la jornada con una libra larga de pan»... Si de la bebida es de lo que se trata, parece ser algo más tolerante ya que
por consideración a la flaqueza de los débiles, pensamos que es suficiente una hemina de vino al día por persona... Mas si, por las circunstancias del lugar en que viven, o por el trabajo, o por el calor del verano, se necesita algo más, lo dejamos a la discreción del superior, con tal de que jamás se de lugar a la saciedad o a la embriaguez.
Aun así, renunciar al vino como sacrificio personal es algo especialmente recomendado porque «aquellos a quienes Dios le de fuerzas para abstenerse, piensen que tendrán una recompensa especial».
Nadie mejor que el propio fundador para dar ejemplo. Eso, al menos, es lo que debió de pensar Juan Andrés Ricci al diseñar este cuadro. De composición sencilla aunque algo estática y fundada en la sólida monumentalidad de las figuras, nos presenta al propio San Benito, acompañado de un monje que lo atiende, en el momento de bendecir los alimentos que le servirán de cena. De lo escaso de la refección dan fe los contados elementos que salpican el cuidado mantel que cubre la mesa y que constituyen, por sí solos, un magnífico bodegón: un pedazo de pan, el menudo guiso en el plato, un vaso de vidrio y el jarrillo de loza que contendría la bebida.
Sólo en un punto se aleja el lienzo de lo estipulado por la Regla. Esta, en el capítulo XLI, dictamina: «Y dispóngase siempre así: tanto la hora de la cena, como la de la comida, se ha de calcular de modo que todo se haga con luz natural». La presencia de una vela, iluminando tenuemente la penumbra que envuelve la habituación, parece sugerir que fuera es ya de noche. Seguramente el desliz se deba a una licencia buscada de modo intencionado por el pintor, como modo de demostrar su dominio de la técnica tenebrista que pudo aprender de algunos naturalistas nórdicos de comienzos del siglo xvii.
El tema debió de ser especialmente familiar para Juan Andrés Ricci, en realidad fray Juan Ricci, monje benedictino él mismo que llegó a alcanzar cargos importantes dentro de la orden, lo que le obligó a viajar por gran parte de Europa, hecho que le permitió conocer de primera mano la pintura que se practicaba en cada uno de los países.
Este lienzo fue un encargo del Monasterio de Yuso (San Millán de la Cogolla), desde donde se incorporó a las colecciones del Museo de la Trinidad.