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Martes, 27 de abril de 2004

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ARTE / Claroscuro

La visión de San Benito

Por Marta Poza Yagüe

Santiago de la Vorágine, hablando de Benito de Nursia en su Leyenda Dorada, nos refiere el siguiente episodio:

Una noche, estando el siervo de Dios San Benito orando junto a la ventana de su celda, vio una luz que descendía del cielo y disipaba las tinieblas nocturnas. De pronto se presentó ante sus ojos la esfera del mundo iluminada por un potente rayo de sol, y observó cómo, por entre la claridad de aquel rayo, ascendía el alma de Germán obispo famoso, y entraba en la bienaventuranza. Después supo que Germán, en efecto, había muerto la misma noche y a la misma hora en que él había tenido aquella visión.

Este relato parece que pudo ser el referente textual del que se sirvió Alonso Cano para componer una de sus mejores obras de la etapa de madurez. Sin embargo, el tema principal ha sido sustancialmente modificado por el pintor.

Como en la narración, el suceso acontece en un espacio interior sugerido por la presencia de un abultado cortinón carmesí a la izquierda, y por la mesa sobre la que, a modo de bodegón, se disponen los principales atributos que evocan el carácter fundacional del santo: el crucifijo, el libro de la Regla abierto, y el báculo abacial. Frente a ellos, San Benito, con el tradicional hábito negro de los benedictinos, es una figura monumental cuya corporeidad nos hace recordar la faceta de escultor del artista. Magistral es, ante todo, la cabeza del personaje. Tonsurado, y con la tradicional barba blanca característica de su iconografía, tiene los ojos clavados en la visión celestial que se presenta ante él. Prácticamente a la misma altura de su rostro, tres angelillos que revolotean sostienen un globo terráqueo. Pero es a partir de este punto cuando comienzan las divergencias con el relato. Cano no ha reflejado el ascenso al cielo del alma del obispo Germán de Capua, y su lugar ha sido ocupado por la Trinidad apareciendo en un rompiente de Gloria. Hacia ellos es donde se dirige la mirada extática del santo. Los tonos claros y luminosos de esta zona sirven para diferenciar entre el ámbito divino y el terrenal, mucho más oscuro y dominado por un fondo pardo desdibujado y por el hábito negro del fundador.

Dado que el milagro tenía como protagonista a un santo italiano ajeno a la tradición hispana, esta modificación iconográfica transformaba el asunto original en otro en el que se ensalzaban el misticismo y la espiritualidad propugnados por el Concilio de Trento, del que los monarcas españoles habían sido férreos defensores.

Un análisis radiológico realizado hace algunos años reveló cómo el lienzo fue reaprovechado, descubriendo bajo la actual composición otra obra inacabada. Presidida por la imagen de la Virgen de Montserrat rodeada por un grupo de jóvenes vistiendo hábitos religiosos, el hallazgo ha incidido en la antigua polémica sobre quién pudo ser el destinatario original del lienzo. Documentado desde fecha temprana en el Alcázar madrileño, siempre sorprendió que los reyes hubiesen encargado al pintor granadino un cuadro de temática devocional tan marcadamente benedictina. Queda la duda de que, al contrario, Cano lo realizase expresamente para las monjas del monasterio madrileño de Montserrat, pertenecientes a esta Orden y para las que había trabajado en otras ocasiones, y que desde allí, como regalo personal de la comunidad a los reyes, ingresase en las Colecciones Reales.

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