Arte / Claroscuro
Por Marta Poza Yagüe
Soberbia, Ira, Lujuria, Avaricia, Gula, Envidia y Pereza son los siete pecados calificados por la Iglesia como capitales, al ser considerados los más perniciosos para el hombre y ser también principio de todos los demás. Aunque su condena y la necesidad de entablar un combate moral que garantice la salvación del alma se remonta a los orígenes del cristianismo, no sucede lo mismo con su representación plástica.
Desde época paleocristiana se codificará la imagen alegórica de Sansón desgarrando las fauces del león, iconograma en el que el héroe bíblico simboliza el Bien en su victoria sobre el Mal, sobre el pecado entendido de modo genérico, encarnado en la figura del animal. El tema pasará sin apenas variación a la Edad Media. Pero, ya desde el románico, se asiste a la creación de nuevos tipos en los que los distintos pecados aparecen individualizados. Los más habituales son aquellos que representan el castigo de la Lujuria (mediante una mujer cuyos senos están siendo mordidos por sapos y serpientes), de la Avaricia (emblematizado por un hombre de cuyo cuello cuelga una bolsa repleta de monedas, cuyo peso amenaza con ahogarle) y de la Discordia (a través de dos luchadores que se enfrentan cuerpo a cuerpo y que, en ocasiones, se tiran de la barba). También por estos años se crean las primeras psichomachias (término griego que significa «combate del alma»), en las que siguiendo los versos del poeta hispano del siglo IV Prudencio, Virtudes caracterizadas como mujeres armadas luchan contra Vicios, igualmente armados, a los que derrotan.
Estas imágenes alegóricas serán poco a poco sustituidas durante los siglos del gótico por otras de naturaleza más costumbrista. Al estilo de los exempla literarios, cada pecado queda representado por una escena de género extraída de la vida cotidiana. Es de esta última tradición de la que es heredera la obra del Bosco que presentamos.
Un gran círculo preside la composición. En su centro, la imagen del Resucitado con la leyenda Cave, cave, Dominus videt («cuidado, cuidado, Dios te ve») organiza en torno a sí siete pequeños episodios que se corresponden con cada uno de los pecados. La Soberbia es una mujer que se mira en un espejo sujetado por un demonio con cofia. La Lujuria tiene como marco un jardín en el que las parejas beben, escuchan música, y comen fresas y manzanas, frutos evocadores del pecado original. La Pereza nos muestra a un hombre que dormita junto a la chimenea, al que su mujer recrimina que no haya asistido a los oficios religiosos por sestear. La Gula queda representada por un hombre gordo sentado a la mesa que come sin medida, y por otro segundo personaje que bebe directamente de la jarra, con tanta ansia que derrama parte del líquido. La Avaricia es la imagen reprobable del juez que, durante una vista, se deja sobornar por una de las partes. Algo más compleja, la Envidia es un personaje que, sosteniendo un hueso en la mano, trata de emular al halcón que lleva el noble sobre su muñeca y que se ha acercado a saludarle hasta su ventana. Finalmente, la Ira es la pelea entre dos aldeanos que se arrojan sillas y mesas, mientras que una mujer trata en vano de separarlos.
En los ángulos de la tabla, otros cuatro círculos menores recuerdan que todos deberemos comparecer ante el Juez Divino, y que de la rectitud de nuestro comportamiento dependerá el veredicto final. Así, el extremo superior izquierdo muestra al moribundo en su lecho recibiendo los sacramentos. Frente a él, arriba a la derecha, Cristo Juez, sobre el globo terráqueo, contempla cómo los muertos comienzan a salir de sus tumbas. Tras el Juicio, las dos únicas opciones posibles son: el Infierno (los condenados que son torturados por seres informes, a la izquierda) o el Paraíso (los elegidos que penetran en la Gloria, a la derecha).
Su temática era algo más que apropiada para la profunda religiosidad y vida piadosa de Felipe II, a quien perteneció la obra, y quien la colgó de las paredes de su alcoba en El Escorial. No ingresó en el Prado hasta 1939.