Arte / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
Poco sabemos de Alejo Fernández (Córdoba, ca. 1475-Granada 1546), llamado a veces «pintor alemán», aunque no es seguro su origen nórdico. Se hallaba en Córdoba hacia 1496, donde pudo recibir su formación, y en 1508 en Sevilla, una ciudad que, gracias al comercio con las Indias, se convirtió en un foco de atracción para los artistas. Trabajó en el retablo mayor de la catedral sevillana, una obra que le abrió las puertas a sucesivos encargos. Los rasgos esenciales de su estilo, considerado de transición entre el gótico y el renacimiento, aparecen en esta tabla, que no es, sin embargo, la mejor del artista.
Tal y como señala Fernando Marías, Alejo Fernández y los pintores españoles de la época ignoraban o no comprendían el sistema italiano de perspectiva monofocal, mediante el cual podía establecerse una relación armónica y proporcional de las figuras entre sí y de éstas con el espacio que las rodea. Es fácil comprobar a primera vista que en esta obra los personajes no guardan las debidas proporciones respecto a los planos en que se sitúan, es decir, que no se tuvo en cuenta la mayor o menor distancia de aquéllos respecto al primer plano para establecer su tamaño. Además, el pintor sigue utilizando un canon de proporciones medieval para representar la figura humana, un método de diseño técnico frente al canon objetivo y basado en la Naturaleza usado por los griegos en su incansable búsqueda de la belleza ideal. Esto no es óbice para que se realizaran tímidos estudios anatómicos a la hora de representar los desnudos. En todo caso sigue dentro de la tradición medieval la importancia que concede al detalle y a los gestos grotescos como medio de acentuar el dramatismo de la escena, o la riqueza de los ropajes, recargados y con reflejos dorados, tan característicos del estilo gótico.
Otro factor fundamental es la falta de armonía entre la arquitectura y las figuras, como se hace evidente en la galería bajo la que se sitúa Cristo atado a la columna, y entre los diferentes edificios que se representan. La línea del horizonte está muy alta y no guarda relación alguna con el punto de vista del observador. La perspectiva, por su parte, es incorrecta, porque no existe un único punto de fuga sino lo que se ha llamado «zona de fuga», un sistema muy retardatario, olvidado en la Italia renacentista. Asimismo, esa zona de fuga no coincide con el punto de visión de los personajes, lo que les hace perderse en un espacio indefinido. A pesar de inspirarse nada menos que en el famoso grabado Prevedari de Bramante (de 1481) para construir su escenario arquitectónico, Alejo Fernández estaba lejos de comprender y de poder resolver los complejos sistemas de perspectiva y de proporción que aquél planteaba ni el verdadero significado del método de representación italiano. Sus arquitecturas clásicas, al igual que en muchos otros contemporáneos, son en su mayoría sólo citas «a la moda», fantasías incongruentes y decorativas. Era una forma de responder a las nuevas demandas «italianizantes» sin salirse apenas de la tradición nórdica e hispanoflamenca.