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Martes, 1 de abril de 2003

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De ingenieros, arquitectos, físicos y químicos

Por Álvaro García Meseguer

La rivalidad, más o menos amable, entre profesionales que actúan en campos vecinos es bien conocida y sobre ella se cuentan anécdotas variadas. Así por ejemplo, los ingenieros de caminos, canales y puertos suelen contar la siguiente adivinanza:

—¿En qué se conoce a un arquitecto en una zapatería?

—Muy sencillo: en que es el que se está probando las cajas.

Por su parte, los arquitectos pueden responder relatando la historia de aquel joven ingeniero de caminos que, recién titulado, fue destinado a un pequeño pueblo en zona montañosa en cuya vecindad se construía una presa. Un buen día el joven preguntó a un lugareño, con cierto aire de superioridad, que cómo se las arreglaban para trazar un camino en la montaña, a lo que el lugareño respondió que soltaban a un burro e iban detrás de él, pues los borricos son maestros en el arte de subir montañas por el camino más fácil.

—¿Y si no tienen ustedes burro qué hacen? Preguntó el joven con una sonrisa.

—En ese caso llamamos a un ingeniero de caminos, canales y puertos.

Más interés tiene, por reposar en un juego de lengua, el caso de aquel físico que un buen día dirigió la siguiente pregunta a un colega suyo, químico de profesión:

—Siempre me ha intrigado saber cuál es la diferencia entre una solución y una disolución. ¿Podrías explicármelo?

—Es muy fácil, respondió el químico. Imagínate que estás dentro de una piscina vacía y que en vez de llenarla con agua la lleno con ácido clorhídrico; el resultado sería una disolución. Ahora piensa que en vez de estar tú solo en la piscina están todos los físicos de este país: eso sería una solución.

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