Arte / Claroscuro
Por Marta Poza Yagüe
Seguramente el episodio más conocido en la vida de Ariadna, hija del mítico rey Minos de Creta, sea aquél que narra cómo ésta, enamorada de Teseo, promete su ayuda al héroe ateniense a cambio del juramento de llevarla con él de regreso a Atenas y de casarse allí con ella. Para esto le entrega un ovillo de hilo con el que el joven marcará el camino que le permitirá volver sobre sus pasos y salir así del laberinto, una vez vencido el Minotauro.
Sin embargo, Teseo sólo cumplirá parte del trato. Ciertamente huye de Creta con Ariadna; pero, durante una escala en la isla de Naxos en la que la joven se queda dormida en la playa, el futuro rey de Atenas aprovechará la oportunidad para traicionarla y la deja allí abandonada. En estas condiciones es descubierta por Dionisio quien, lanzándole su corona desde el cielo, la convierte en constelación para luego casarse con ella.
Las representaciones del Sueño de Ariadna se generalizan a mediados del siglo ii a. C. como decoraciones de fuentes y jardines. Una de ellas, copiada por los escultores romanos hacia el 150/175 d. C., es la que expone el Museo del Prado. Al parecer, todas se debieron crear según un esquema compositivo similar si atendemos a la descripción de una que nos proporciona Filóstrato el Viejo (s. ii d. C.):
Fíjate también en Ariadna, observa cómo duerme: desnuda de cintura para arriba, la nuca hacia atrás deja ver su suave cuello, la axila derecha completamente a la vista mientras que con la otra mano se esconde bajo la túnica, no sea que el viento la dañe.
Como en el texto, la Ariadna de Madrid ofrece la imagen de una figura femenina tumbada, en actitud indolente, con el busto desnudo y el resto cubierto por una ligera túnica trabajada en multitud de plegados que se ciñen completamente al cuerpo dejando traslucir su anatomía, trabajados según la técnica de los paños mojados ideada por Fidias. El brazalete, simulando una serpiente, fue la causa de que durante la Edad Moderna se identificase con Cleopatra muerta tras ser mordida por el áspid. Así fue considerada ésta por Cristina de Suecia tras su adquisición en Roma, ciudad en la que, además, se contaban otras dos versiones del mismo modelo: una, en el Vaticano; la otra, hoy en Florencia, reproducida por Velázquez en una de sus vistas de Villa Medici. Desde Italia, llegó a España en época de Felipe V con el resto de la colección de la ex reina sueca, e ingresó en el Prado en el siglo xix.