Música y escena
Por Carlos Barreiro Ortiz
El conglomerado artístico de América Latina —el de la música, en particular— recibió no sin cierta sorpresa, la noticia de la atribución en el año 2000 del III Premio Tomás Luis de Victoria a Celso Garrido-Lecca, por parte de la SGAE. La desprevenida designación del compositor peruano no tiene nada que ver con una supuesta falta de merecimientos, sino con el proverbial desconocimiento de los valores artísticos de los países de la región, inclusive en estos tiempos de comunicación excesiva. A lo anterior habría que agregar su estadía de más de dos décadas en Chile, que lo convierte en poco menos que un desconocido en su propio país. La obra de Garrido-Lecca resulta de la influencia de compositores europeos que, como el alemán Rodolfo Holzman y el francés André Sas, edificaron en el Perú las bases de un academicismo musical que se proyecta con fuerza hasta el presente.
Celso Garrido-Lecca nació en Piura en 1926. En forma simultánea con sus primeros estudios musicales en el Conservatorio Nacional de Lima, formó parte del grupo «Espacio», integrado por jóvenes arquitectos, artistas e intelectuales, quienes organizaron los primeros conciertos de música contemporánea. En 1950, al término de sus estudios en Lima, el joven músico ya está preparado para su ingreso a la Facultad de Ciencias y Artes musicales de la Universidad de Chile. Allí, estudia con Domingo Santacruz y en particular, con el holandés Fro Focke bajo cuya guía inicia sus composiciones. La primera de ellas —Orden, para piano— está fechada en 1950. Teniendo como base de actividad la ciudad de Santiago, Garrido-Lecca viaja en diversas ocasiones a los Estados Unidos: Nueva York (1961-62), Tanglewood (1962) en donde es discípulo de Aarón Copland, y nuevamente, Nueva York (1963-64) con una beca Guggenheim.
Su vinculación a la escena musical chilena es tan importante que es admitido en la Asociación de compositores hasta 1972, un año antes de su regreso al Perú presionado por el golpe de estado y la intervención militar en instituciones académicas chilenas. Hasta ese momento, la participación de Garrido-Lecca en eventos internacionales había sido intensa: Festival Interamericano de Música en Washington (1964), I Festival de América y España en Madrid (1965); para el director alemán Herman Scherchen escribe Elegía a Macchu Pichu (1964) para orquesta; el cuarteto de cuerdas n.º 1 es encargo de la Biblioteca del Congreso de EE.UU. En 1970, escribe Antaras por encargo de la Orquesta de cámara de la Universidad Católica de Chile. A su regreso al Perú, Garrido-Lecca se vincula a la escuela Nacional de Música en donde organiza los «Talleres de música popular» que son el origen de un movimiento de grupos urbanos, y anteceden la promoción de acciones estatales a favor de la conservación del patrimonio musical peruano.
La década de 1980 representa para este compositor peruano la consolidación de un estilo que asume los procedimientos seriales en el marco de un actualizado perfil latinoamericano. Ejemplos ilustrativos de su concepción personal es el Cuarteto n.º 2 (1988), dedicado al cantante Víctor Jara, ejecutado por la Junta militar chilena en 1973. La partitura se plantea en cinco secciones a partir de breves acordes de sus canciones, que combinan escritura y técnicas de ejecución avanzadas con elementos latinoamericanos, en una atmósfera dramática y emotiva. En contraste, la sonata Fantasía (1989) para orquesta y violonchelo, propone una idea clásica en la escritura y técnicas de ejecución experimental.
La producción de Garrido-Lecca es básicamente instrumental y cuenta con títulos indígenas y combinaciones poco usuales como ocurre en Antaras para doble cuarteto de cuerdas y contrabajo. De acuerdo con Rodríguez Torres, al referirse al dúo concertante para guitarra y charango (1991), Garrido-Lecca libera tensiones en la reelaboración de «... gestos propios de sus dialectos musicales», de las cuales se aleja con libertad. Gracias al premio iberoamericano, Garrido-Lecca ha dejado de ser el peruano de «la música oculta».