Arte / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
La época llamada «manierista» siguió en Italia al Renacimiento del Cinquecento y coincidió con una etapa de cierto declive económico y político a partir del segundo tercio del siglo xvi. Se considera precursores del Manierismo a varios de los seguidores de Miguel Ángel (m. 1565) y de Rafael (m. 1520), como Giulio Romano o Andrea del Sarto y, en algunos aspectos, al propio Miguel Ángel.
Esencialmente el Manierismo se caracterizó por una acentuada inclinación hacia lo artificioso, lo aristocrático y lo simbólico. A menudo este término se usó de forma peyorativa y se consideró un período de decadencia artística y cultural. Hoy en día se ha recuperado su estudio y se valora con más justicia. Como explican en su reciente obra los profesores D. Arasse y A. Tönnesmann, hay que recurrir a dos conceptos para describir el significado de Manierismo. Ambos se conocen con el nombre italiano, donde surgió la corriente, la sprezzatura (un término intraducible) y la bella maniera. Hacer muestra de sprezzatura significa dar la impresión de aparente distanciamiento, de indolencia y negligencia, y al mismo tiempo moverse con libertad y desenvoltura llegando incluso a la audacia. Es, en consecuencia, un arte de la simulación. En cuanto a la bella maniera (o «las buenas maneras») está entre las virtudes de un cortesano y consiste en un comportamiento elegante y artificioso, en un alto refinamiento y preciosismo. El artista vive y se expresa adoptando esas mismas actitudes. Bronzino (Florencia 1503-1572), junto con Vasari, pintor oficial de la corte de los Medicis, es uno de sus mejores representantes.
Dentro de lo que podría llamarse «estilo de vida» manierista hay que destacar una moda que adquiere gran desarrollo en esta época. Los grandes príncipes se reservaban un lugar de estudio y de retiro en sus mansiones llamado estudiolo, gabinete o estudio. En ellos el señor guardaba celosamente sus secretos, sus objetos extravagantes y sus libros preferidos, era su espacio de intimidad. Hemos citado estos gabinetes privados porque en cierto sentido se asemejan a los retratos de esta época: ambos ocultan a la vista las intimidades y el alma del personaje. Se ha dicho que los rostros de Bronzino no son el espejo del alma sino su máscara. Este pintor acentuaba el hermetismo de sus modelos, el retrato se convertía en un arte de la disimulación de sí mismo. Lo más importante en sus lienzos no era el rostro del personaje sino el atuendo, los objetos y el fondo. Sus retratos son impenetrables, pero no por ello faltos de sentido interior e histórico. El modelo adopta una pose cuidadosamente elegida y los objetos que lo rodean son símbolos y emblemas con un significado oculto, lo que contrarresta la inexpresividad de los rostros aunque sea de una forma enigmática. Ni siquiera en el retrato de este niño de la familia Medicis, pintado en torno a 1550, se permite Bronzino una mayor espontaneidad.