Arte / Claroscuro
Por Marta Poza Yagüe
Pocas son las obras de escultura clásica que se encontraban en las colecciones reales antes de las adquiridas por Felipe V e Isabel de Farnesio, y de la donación del legado del Marqués del Carpio, en el primer tercio del siglo xviii. La mayoría eran bustos y retratos de emperadores romanos donados a Felipe II, monarca que, gran coleccionista de pintura, siempre mostró gran desinterés —cuando no desprecio— por la estatuaria antigua. Prueba de ello es que, en vez de exponerlas en sus palacios, las almacenó en los sótanos del Alcázar de Madrid, donde son inventariadas tras su muerte entre 1602 y 1607. Todo lo contrario sucedió con Felipe IV quien, entre otros proyectos, envió a Velázquez a Roma con el objeto de proveerse de originales clásicos que decorasen dignamente sus propiedades. Es también por esta época cuando llega a España la Apoteosis de Claudio, regalo personal del Cardenal Ascanio Colonna a Felipe IV. Destinada al Alcázar de Madrid, fue durante décadas su pieza más estimada y valorada.
La obra fue encontrada de modo fragmentario durante unas excavaciones realizadas al sur de Roma, junto a la Vía Appia. Adquirida por la familia Colonna, encargaron su reconstrucción al artista Orfeo Boselli, autor también del pedestal que le sirve actualmente de asiento. Desgraciadamente, durante el incendio que asoló el Alcázar madrileño en 1734, se perdió el busto del emperador Claudio que coronaba el conjunto, y que constituía un claro exponente de lo que fueron los monumentos conmemorativos destinados a honrar la memoria de los emperadores durante la Roma Imperial.
Su iconografía triunfal ha sido suficientemente explicada por los investigadores. Si por una parte la imagen del águila majestuosa con las alas desplegadas era entendida como el ascenso a los cielos del alma deificada de los emperadores difuntos; por otra, y como imagen de Júpiter y por tanto del poder imperial, era símbolo de la victoria de Roma sobre sus enemigos. Estos últimos aparecen aquí representados bajo la forma de sus armas y escudos, sometidos por el peso del cetro y la bola del Imperio que sostiene el ave con sus garras, como imagen de los trofeos militares conseguidos por Claudio durante su gobierno.