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Jueves, 26 de abril de 2001

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Literatura

El César

Por José Jiménez Lozano

Cuando Carlos I, de cuyo nacimiento se ha celebrado el quinientos aniversario, se retiró a Yuste sin duda que sentía, como todo jubilado con afición al trabajo que traía entre manos, su poco o su mucho de nostalgia, y mandaba continuos recados a sus deudos, a empezar por Felipe II, sobre los asuntos de la gobernación, en medio de sus muchos alifafes y de su entretenimiento con relojes, o eligiéndose sus platos preferidos, que le mandaban desde muchos lugares.

Le gustaban las tencas de Cuacos, el pueblecito más cercano a Yuste, pero los de Cuacos, en tensión con los cortesanos del emperador, un tanto abusones, se negaron en redondo; y el emperador se quejó de la poca consideración que le tenían. Otro día, en la iglesia misma del monasterio, cuando una mujeruca de aquel pueblo le vio al emperador bajar la escalera exclamó: —«¡Pero si es un hombre!» —«Y más pecador que tú», fue la imperial respuesta.

Todavía en otra ocasión, en Calatayud, un labradorcillo vio al emperador con la boca abierta —la difícil boca de los Austrias con su prognatismo— y le recomendó cerrarla. «Moscas de estos reinos son traviesas», le dijo haciéndose el gracioso, y el emperador le respondió que «del necio el consejo», y luego ordenó que se le socorriera, porque era pobre. Y son éstas tres pequeñas anécdotas, pero retrato del dueño del mundo occidental entonces, sobre el que reinaba de modo absoluto.

Andando el tiempo, y hogaño mismo, estas historias resultarían imposibles. Los notables relativos, y sin ser césares de nada, parece que encuentran gran dificultad en envolverse en púrpuras tan sencillas como Carlos. ¿Estaremos en más recios tiempos?

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