Literatura
Por José Jiménez Lozano
Los españoles siempre han tenido digamos que un cierto pesimismo ante los tinglados sociales, y esto sin tener pizca de calvinismo en su cultura. Seguramente la experiencia les ha enseñado, y ellos han aprendido su lección. Ya el Arcipreste de Hita decía que, con buenos dineros, buenos doctores se hacían, incluso de humildes labradores; y en la plenitud de la gloria de la universidad salmantina, cuando las madres despedían a sus hijos que allí iban a estudiar, les decían :«Suerte has de tener, que de saber no has menester», y claro está que aquí lo de «la suerte» poco tiene que ver con el azar, sino con que el estudiante, una vez ya en la vida social después de sus estudios, lograse instalarse en el lugar adecuado, bajo el árbol protector adecuado, y con los dineros adecuados. El saber ¿para qué? Se supone, naturalmente, que va incluido en el puesto que se alcanza; y que mucho saber es, si mucho se ha escalado.
Y probablemente, o sin probablemente, más bien con absoluta certeza, esto ha ocurrido y ocurre en todo el mundo, como aquí. Pero Pascal, por ejemplo, escribió toda una serie de reflexiones «sobre la condición de los grandes» para advertir que eso tenía que soportarse así en pro de la paz pública. Los españoles, mucho más vitalistas, y ya acostumbrados al espectáculo, se sonríen más bien; y dicen simplemente: «Ya se sabe. Suerte has de tener, que de saber no has menester». Es decir, como nada extraño ante lo que admirarse.