Arte / Claroscuro
Por Juan Carlos Ruiz Souza
La Resurrección de Cristo constituye el dogma fundamental de la fe cristiana y por ello uno de los asuntos más interpretados por el arte. A lo largo de la Edad Media fue muy extendida la representación simbólica del tema mediante una cruz desnuda acompañada por algún otro motivo alusivo a la propia Resurrección (sepulcro cerrado, soldados, etc.), así como la plasmación literal de la imagen transmitida por los Evangelios, es decir, las tres Marías ante el sepulcro vacío de Jesús, donde un ángel les anuncia lo sucedido.
En un principio no fue muy común mostrar al propio Cristo en la escena de la Resurrección, ya que en ningún momento los evangelistas hacen alusión a ello. Parece que el nacimiento de esta iconografía se debió a la necesidad de exponer de forma más comprensible el propio acontecimiento.
A partir de la Baja Edad Media, y tal como observamos en esta obra del Renacimiento, se produce la creación de una nueva iconografía, en la que se intenta unir en una sola imagen el hecho de la Resurrección, la Transfiguración y la Ascensión de Cristo. La Resurrección se evidencia mediante el lábaro (cruz y estandarte de victoria) que porta Cristo con su mano izquierda, en alusión a su triunfo sobre la muerte, y por el propio sepulcro. Éste, cerrado y sellado, está rodeado por los soldados que lo custodiaban, según relata el Evangelio de San Mateo, para que el cuerpo sin vida de Jesús no fuese robado por sus discípulos en un intento de simular su milagrosa resurrección, y más cuando él mismo había anunciado que ocurriría al tercer día de su muerte (Mateo, 12:38-41; Juan 2:19-22). La Transfiguración se presenta mediante la orla luminosa que rodea a Jesús, mientras que la Ascensión se hace visible al presentarle flotando en el aire, y no apoyándose sobre el sepulcro como hubiese sido lo normal, al igual que en tantas otras representaciones.