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Martes, 3 de abril de 2001

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Arte / Claroscuro

El Pasmo de Sicilia

Por Susana Calvo Capilla

Este gran cuadro representa la caída de Cristo en el camino del Calvario, aunque es conocido como el Pasmo de Sicilia por su lugar de procedencia, el Convento de Santa María dello Spasimo de Palermo. Fue pintado por Rafael en 1517, tres años antes de su temprana muerte. Es, por lo tanto, de su período de madurez y una de sus obras más importantes. Aunque en ella intervinieron artistas de su taller, como Julio Romano o Penni, la fuerza dramática de la escena, el riquísimo colorido y el equilibrio de la composición, la belleza del dibujo o la intensa expresión de los personajes no dejan lugar a dudas sobre su autor, Rafael Sanzio de Urbino (1483-1520).

La fama del cuadro se remonta al propio siglo xvi, ya que los grabados difundieron su imagen por toda Europa, inspirando a muchos pintores. La obra seguía siendo conocida en 1661, cuando Felipe IV decidió hacerse con ella a cualquier precio. Con la intervención del Consejo de Italia se acordó que, a cambio del cuadro, el convento palermitano recibiría una renta perpetua de 4 000 ducados al año y 500 ducados más para el prior, que se ocupó de llevarlo a España. Se trataba del precio más alto que Felipe IV había pagado hasta entonces por un cuadro, aunque haría falta saber cuántos de esos ducados llegaron a cobrar los monjes. Lo que sí se sabe es que, haciendo honor a su sobrenombre, el cuadro causó verdaderamente un «pasmo» de asombro cuando llegó a la corte madrileña. Lo mismo había sucedido con otros dos cuadros de Rafael que ya colgaban de las paredes del alcázar, la Madonna de la Rosa y una Sagrada Familia llamada «La Perla» de la colección, comprados en Londres por Cárdenas, el agente del rey, en torno a 1653.

Junto con otras tres obras de Rafael, el Pasmo de Sicilia salió de España en 1813. Formaban parte del equipaje del ejército napoleónico en el momento de su retirada. Antes de llegar al Museo Napoleón de París al que se habían destinado, las obras, pintadas sobre tabla, permanecieron almacenadas en la ciudad de Tours a la intemperie, lo que les causó innumerables daños. Ya en París fue necesario su traslado al lienzo, para así detener su proceso de deterioro: las maderas estaban carcomidas y agrietadas y el color se desprendía. Gracias a esa «intervención» los cuadros pudieron resistir el nuevo viaje a España cuando fueron devueltos en 1818; no en vano la travesía se hacía en vagones de ganado y duraba cerca de dos años. Sólo si se compara con otras obras de Rafael en el Museo del Prado que permanecen aún en su soporte original, la tabla, se aprecia un pequeño cambio en la textura de las superficies y del color.

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