Por Lisandro Duque NaranjoCine y literatura: Dos en uno no caben (II)
Cada vez que se pone de moda el tema
sobre las relaciones entre el cine y la literatura, casi nadie cae en la cuenta de que
esta especie de aggiornamiento no es en doble vía, pues la literatura jamás ha
intentado llevar al libro una película, excepción hecha de ciertas sub-novelas
deplorables que se expenden en los aeropuertos al lado de esos seguros de vida cuya
vigencia es solo para un trayecto. Puede que eso se deba a la arrogancia de los
escritores, que son alérgicos a convertirse en plato de segunda mesa, o a su humildad, en
vista de que el mercado de la novela carece de la masividad del de las películas. Por la
razón que sea, esa abstención es bienvenida, pues nada es más extenuante si la
literatura quisiera mimetizarse con lo audiovisual en la misma proporción que el cine ha
querido devorarla que un relato escrito plagado de hechos mostrables, visibles y
activos, y carente de las subjetividades conceptuales, las volutas capciosas, las
acotaciones intimistas y los destellos de lo inasible de que está minada toda buena
literatura. Aunque Alain Robbe Grillet propuso solo para la novela objetalista la
siguiente estrategia, estoy seguro que la misma tiene un tipo de sangre universal que
circula con fluidez por las arterias de todas las obras notables construidas con las
palabras: «Una novela excelente es aquella que no solo consiste en el relato de una
aventura, sino que es también la aventura de un relato». Esta «aventura de un relato»,
alude, sin duda, a lo que no es susceptible de permuta en el hecho literario, es decir, a
lo que de éste resulta inexpugnable para el cine. Cuando a una película le da por
literaturizarse, pues, lo audiovisual pierde su soberanía y no tiene más remedio que
contentarse con esa flor disecada que es el relato de una aventura.
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