Lengua
Por Daniel Samper Pizano
En toda América no hay más que un charro: el mexicano. La palabra evoca de inmediato a Jorge Negrete, modelo de esta clase de machos muy machos que andaban a caballo, con pistola al cinto, bigote poblado, ojos enamorados, guitarra y traje negro con adornos y colgandejos.
Procedentes de los campos de Jalisco, los jinetes de la región se convirtieron, gracias al cine y a las canciones rancheras, en estereotipo del varón mexicano. Cuando Negrete murió en 1953, Chucho Monge le compuso un famoso corrido que dice: «Tuviste a orgullo ser charro y mexicano »
La del charro, pues, es una imagen familiar en
América Latina que se asocia con mariachis, riñas, sombreros anchos e incluso una
fanfarronería algo pasada de moda. Lo que allí se ignora es que el término y la idea no
son originalmente mexicanos sino españoles. Antes que el charro de México existió el de
Salamanca, región cuyas características topográficas y agropecuarias se asemejan a las
de ciertas zonas del interior mexicano. Por eso muchos salmantinos poblaron hace años
aquellas áreas y llevaron con ellos su cultura —sus trajes negros sus botas, su amor
por los caballos— y sus palabras. Especialmente la que los nombra: charros. De
Salamanca llegaron, pues, los antepasados culturales de Jorge Negrete. ¿Lo sabía el
charro cantor?
Posiblemente no.